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NIHIL NOVUM SUB SOLE

1001 hechos, dichos, curiosidades y anécdotas del mundo antiguo

¿Por qué condenaron a Sócrates a la muerte?

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La pregunta ha sido muchas veces formulada. Platón en su “Apología o Defensa de Sócrates” y en algunos diálogos y Jenofonte en su “Defensa de Sócrates”, nos dan información suficiente de cómo se fue generando el ambiente negativo para condenar al más sabio y justo de los hombres por la denuncia aparentemente inconsistente de tres compatriotas mediocres y envidiosos. Y es justamente esta insuficiencia e injusticia la que mantiene siempre vivo el interés por comprender la contradicción de que la primera democracia de la Historia condenara injustamente al más sabio y justo de los hombres, que acepta con entereza la pena de muerte.Ahora bien, como norma general, no puede interpretarse el pasado con los valores sociales del momento actual.

Sócrates se ganó a lo largo de su vida numerosos enemigos  por diversas razones. En el fondo lo que se enfrenta en su proceso es la ciudad tradicional con sus valores colectivos frente a la aparición y auge de las personalidades individuales, como es el caso de Sócrates, que cuestiona o incumple los modos ciudadanos de la colectividad. Por ejemplo, no es ateo porque no crea en los dioses, sino porque no cumple los ritos a la manera tradicional.

En el año 406 a.C. fue elegido en el correspondiente sorteo miembro del Consejo Ateniense de los Quinientos. Siendo miembro de la Comisión Pritana, la Asamblea popular se empeñó en condenar a muerte a los generales de la batalla de las Arginusas  por no recoger los cadáveres de los soldados muertos. Sócrates mantuvo su criterio personal y se opuso a la absurda condena; se enfrentó al poder democrático del momento. Más aún, criticó algunas características del poder democráticos, como la elección de algunos cargos por “sorteo”, sin garantía alguna de elegir a los mejores.

Más tarde desobedeció, manteniendo también su criterio, a los  Treinta Tiranos cuando le ordenaron detener y conducir a la muerte a León de Salamina. Se enfrenta ahora al poder oligárquico.

Platón, y también Jenofonte, escribieron, como he dicho, dos “Defensas o Apologías” de su maestro Sócrates. Transcribiré y comentaré el texto de Platón. En su consideración hemos de tener en cuenta varias cuestiones.
Aunque se le llama “diálogo” en realidad no lo es tal, sino más bien un “monólogo” en el que el propio Sócrates expone su defensa y desmonta los argumentos de sus acusadores.

Pero téngase en cuenta que, naturalmente, esto no es una transcripción del juicio sino una especie de discurso forense de defensa que Platón escribió algunos años después de la muerte de Sócrates. Es por tanto una obra literaria, digna de ser leída y comentada incluso 2300 años después, de la que podemos extraer importantes conocimientos históricos y valores cívicos y sociales. De la fuerza real que como discurso defensivo hubiera tenido de haber sido real, tienen los lectores todo el derecho a plantear todas las dudas que deseen. El regusto que deja, ciertamente, es el de que se está defendiendo a un culpable “social”, a una persona que ha chocado con las normas y convencionalismos sociales imperantes en la Atenas del momento. En todo caso, por la trascendencia que la figura de Sócrates y su muerte ha tenido en toda la cultura occidental, la lectura de estos textos es obligada.

Platón, en su Defensa  hace relatar al  mismo Sócrates estos dos hechos de integridad moral,de oposición al poder establecido, que tan  malas consecuencias le trajeron:

Nota: Los textos corresponden a la traducción que Patricio de Azcárate hizo en 1871 de las obras completas de Platón. Las obras de Platón están accesibles en internet en:  http://www.filosofia.org/cla/pla/azcarate.htm

No obstante, para mayor facilidad reproduzco al final el texto completo de la “Defensa de Sócrates” de Platón, que es una obrita no excesivamente larga y digna de ser leída en su totalidad por quien tenga interés en estos temas.

32b-32e

Ya sabéis, atenienses, que jamás he desempeñado ninguna magistratura, y que tan sólo he sido senador. La tribu Antioquida, a la que pertenezco, estaba en turno en el Pritaneo, cuando contra toda ley os empeñasteis en procesar, bajo un contexto, a los diez generales que no habían enterrado los cuerpos de los ciudadanos muertos en el combate naval de las Arginusas; injusticia que reconocéis y de la que os arrepentisteis después. Entonces fui el único senador que se atrevió a oponerse a vosotros para impedir esta violación de las leyes. Protesté contra vuestro decreto, y a pesar de los oradores que se preparaban para denunciarme, a pesar de vuestras amenazas y vuestros gritos, quise más correr este peligro con la ley y la justicia, que consentir con vosotros en tan insigne iniquidad, sin que me arredraran ni las cadenas, ni la muerte.
Esto acaeció cuando la ciudad era gobernada por el pueblo, pero después que se estableció la oligarquía, habiéndonos mandado los treinta tiranos a otros cuatro y a mí a Tolos}, nos dieron la orden de conducir desde Salamina a León el Salaminiano, para hacerle morir, porque daban estas órdenes a muchas personas para comprometer el mayor número de ciudadanos posible en sus iniquidades; y entonces yo hice ver, no con palabras sino con hechos, que la muerte a mis ojos era nada, permítaseme esta expresión, y que mi único cuidado consistía en no cometer impiedades e injusticias. Todo el poder de estos treinta tiranos, por terrible que fuese, no me intimidó, ni fue bastante para que me manchara con tan impía iniquidad.
Cuando salimos de Tolos, los otro cuatro fueron a Salamina y condujeron aquí a León, y yo me retiré a mi casa, y no hay que dudar, que mi muerte hubiera seguido a mi desobediencia, si en aquel momento no se hubiera verificado la abolición de aquel gobierno. Existe un gran número de ciudadanos que pueden testimoniar de mi veracidad.

(Nota: si democracia, del griego antiguo δημοκρατία, compuesto de δῆμος (dḗmos, «pueblo») y κράτος (krátos), «poder, «gobierno, fuerza» lo explicamos como “gobierno del pueblo”, “oligarquía”, del griego antiguo ὀλιγαρχία (oligarkhia), compuesto de ὀλίγος (oligos, "poco") y -αρχία (-arkhía), de ἀρχός (arkhos, "jefe"), o ἄρχω (arkhō), "mandar" , lo explicaremos como “gobierno de unos pocos” . Oclocracia (del griego ὀχλοκρατία okhlokratía) es el gobierno de la muchedumbre, una forma degradada de la democracia).

En su proceso se le acusa formalmente de introductor de nuevos dioses siendo impío con los dioses de la ciudad, de convertir con su charlatanería lo justo en injusto y viceversa  y de corruptor de la juventud, precisamente él, cuyo objetivo siempre fue propiciar una educación crítica.

En la Apología de Platón, el propio Sócrates resume la acusación de Meleto,  poeta fracasado que se presta para agradar a los políticos a formular la siguiente acusación:

19b-19c

«Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los demás sus doctrinas.»

Su coherencia con sus enseñanzas filosóficas, su actitud ante la muerte, su altanería moral y su constante ironía, interrogando permanentemente a unos y otros y  dejando en evidencia su ignorancia, crearon las condiciones del fatal desenlace, cuando ya tenía setenta años.

Sócrates fue confundido con los sofistas, que gozaban de muy mala fama porque con su habilidad lingüística y su charlatanería hacían de la verdad mentira y de la mentira verdad, a la vez que defienden un relativismo moral y social inaceptable: las leyes son una invención de los débiles, el individuo debe independizarse de la ciudad y la familia, etc.. Es verdad que Sócrates empleaba un método educativo semejante al de los sofistas, pero siempre buscando la verdad y esencia de las cosas sin aceptar acríticamente las posturas tradicionales.

Ya al principio de la “Defensa de Sócrates” 17a-17b el mismo Sócrates se dirige a los atenienses del Tribunal de los Heliastas diciéndoles en referencia a sus acusadores:

Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia.

La comedia Las Nubes de Aristófanes expresa perfectamente el ambiente creado hostil a Sócrates mejor que ninguna otra explicación. Aristófanes contribuyó sin duda a crear el ambiente propicio para su condena a muerte, pero hay que tener en cuenta que la comedia Las Nubes se representó veinticinco años antes de la condena de Sócrates, aunque muy probablemente la rehízo más tarde tal vez para publicarla en forma de libro (existía un incipiente comercio de libros, como en la misma Apología de Platón se comprueba) .

El retrato que Aristófanes hace de Sócrates es despiadado y en absoluta contradicción con la imagen que nos dejaron sus discípulos, como Platón y Jenofonte. Aristófanes busca el ridículo para hacer reír al público y nos pinta a Sócrates como el verdadero sofista charlatán capaz de convertir lo malo en bueno y viceversa, subido en una cesta para observar el cielo, en una escuela, cuando en realidad enseñaba al aire libre, irrespetuoso con los dioses y ávido de dinero.
En realidad el conservador Aristófanes proyecta en Sócrates todas las nuevas ideas y el nuevo modelo de educación que se van imponiendo en Atenas, perniciosas según el criterio conservador del comediógrafo.

En todo caso  esta comedia de Aristófanes, (con la que por cierto perdió el concurso de las fiestas Dionisiacas de Atenas, las Grandes Dionisias, al que concurría, a pesar de que Aristófanes la considera la mejor de las suyas) nos da cumplida cuenta de lo conocido y famoso que era Sócrates y lo odiado que era por muchas personas.

Veamos algunos textos de Las Nubes:

Versos 77 y ss.

ESTREPSIADES: ¡Fidípides, Fidipito!

FIDIPIDES: ¿Qué, padre?

ESTREPSIADES: Bésame y dame tu diestra

FIDIPIDES: Ya esta,¿qué sucede?

ESTREPSIADES: Dime, ¿tú me quieres?

FIDIPIDES: Sí, por este Posidón Hípico aquí presente.

ESTREPSIADES: No me vengas a mí con Hípicos, por favor, que ese dios es el culpable de mis males; pero obedéceme, hijo, si verdaderamente me quieres de corazón.

FIDIPIDES: ¿En qué quieres que te obedezca?

ESTREPSIADES: Cambia cuanto antes de comportamiento y ve a aprender lo que yo te indique.

FIDIIDES: Habla, ¿qué me pides?

ESTREPSIADES: ¿Me obedecerás?

FIDIPIDES: Te obedeceré, por Dioniso.

ESTREPSIADES: Mira ahora hacia allí. ¿Ves esa puertecita y esa casita?

FIDIPIDES:Las veo. ¿Qué sucede realmente, padre?

ESTREPSIADES: Ese es elcaviladero de mentes sabias; dentro habitan unos hombres que hablan del cielo y te convencen de que es una estufa que nos rodea y que nosotros somos las brasas. Si se les paga dinero, enseñan a ganar, hablando con la razón o sin ella.

FIDIPIDES: ¿Quiénes son?

ESTREPSIADES: No sé exactamente su nombre; sólo que son caviladores concienzudos, buenos y honrados.

FIDIPIDES: ¡Bah! Pura chusma, los conozco. Los que dices son sólo unos bocazas de faz pálida, que andan sin sandalias. De ellos son el desdichado Sócrates y Querefonte.

ESTREPSIADES: ¡Eh,eh, calla, no digas idioteces! Si te importan algo las gachas de tu padre, hazte uno de ellos y abandona tu afición por los caballos.

FIDIPIDES: No, por Dioniso, habrías de darme los faisanes que cría Leógoras

ESTREPSIADES: Ve, te lo ruego, tú a quien quiero más que a nadie, ve y aprende

FIDIPIDES: ¿Y qué quieres que aprenda?

ESTREPSIADES: Dicen que entre ellos se encuentran los dos Argumentos,  el Superior, tal como es, y el Inferior. Y dicen que uno de ellos, el Inferior, consigue vencer defendiendo las causas más injustas, conque si tu me aprendieras ese Argumento Injusto, de todas las deudas que tengo por tu culpa no pagaría a nadie ni un solo óbolo.

FIDIPIDES: No te obedeceré, pues con la piel descolorida no me atrevería a mirar a la cara a los caballeros.

ESTREPSIADES: En ese caso no comerás a mi expensas, por Deméter, ni tú ni tu yunta, ni el Sánfora (un caballo), sino que te mandaré a los cuervos, fuera de mi casa.

FIDIPIDES: Mi tío Megacles no consentirá que esté sin caballo. Ea, me voy adentro, no me preocupo de ti.

ESTREPSIADES: Pues lo que es yo, aunque caído, no me quedaré tumbado, sino que tras rogar a los dioses iré personalmente al caviladero y haré que me enseñen. ¿Cómo podré aprender yo, un viejo torpe y desmemoriado, las sutilezas de los razonamientos exactos? Es preciso ir. . (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

Nota: Fidìpides es un nombre compuesto de –hippos (caballo), que propone su madre y el que propone su padre, “fidonides”, ahorrativoQuerefonte era una persona enfermiza al que molestaba la luz del día y por eso sólo salía de noche, por lo que Aristófanes le llama “vampiro”; cf. Los pájaros, 1296; 1564

Todavía nos queda algo de esa confianza o creencia en el poder convincente de la palabra frente a la realidad. Todavía creemos que un  abogado hábil en el uso de la palabra puede ganar una causa contra la razón; es creencia casi generalizada que un buen político es un buen orador o alguien que sabe emplear y jugar con las palabras hasta convencer a los indecisos o incluso a quienes inicialmente pensaban de otra forma. Y lo curioso es que no es tan descabellada esta creencia generalizada…

Es fácil imaginar la hilaridad que estas exageraciones debían producir en un público fácil para alimentar en el rechazo a tanto charlatán como habría en la vida social. Luego presenta a Sócrates colgado ridículamente de una cesta lejos del suelo terrestre para ver mejor los fenómenos atmosféricos:

Versos 217 y ss.

ESTREPSIADES: ¡Vaya! ¿Quién es ese hombre que está en la cesta colgada?

DISCIPULO: El.

ESTREPSIADES: ¿Qué él?

DISCIPULO: Sócrates

ESTREPSIADES: ¡Oh Sócrates! Vamos, tú, llámamelo con un buen grito.

DISCIPULO: Llámalo tú mismo, yo no tengo tiempo (se va)

ESTREPSIADES: ¡Sócrates, Socratín!

SÓCRATES: ¿Por qué me llamas, criatura efímera?

ESTREPSIADES: Ante todo dime, por favor, qué haces.

SÓCRATES: Camino por el aire y cavilo respecto al sol.

ESTREPSIADES: Así pues, al menos es desde una cesta y no desde el suelo desde donde tú miras por encima a los dioses.

SÓCRATES: Jamás habría descubierto cómo son en realidad los asuntos celestiales, si no hubiera suspendido mi pensamiento y mi sutil inteligencia, mezclándolos con su pariente el aire. Si permaneciendo en tierra observara lo de arriba desde abajo, jamás lo habría descubierto. Y no es por otra razón, sino porque la tierra arrastra hacia sí a la fuerza el jugo del pensamiento. Le pasa exactamente lo mismo que a los berros.

ESTREPSIADES: ¿Qué dices? ¿El pensamiento arrastra el jugo hacia los berros? Vamos, querido Sócrates, baja ahora aquí junto a mí y dame los conocimientos por cuya causa he venido.

SOCRATES: ¿Y a qué has venido?

ESTREPSIADES: Quiero aprender a hablar, pues los intereses y unos acreedores implacables me llevan y me traen, y mis bienes están hipotecados.

SÓCRATES: ¿Y de dónde te viene el darte cuenta que estás endeudado?

ESTREPSIADES: Me ha dejado baldado la enfermedad de los caballos, ¡joder cómo comen! Mas enséñame uno de tus dos Argumentos, el que no paga nada de lo que debe, y te juro por los dioses que te pagaré el sueldo que tú exijas.  (Traducción de Luis M. Macía Aparicio. Editorial Gredos)

Ya Sócrates en la Apología 18b-18c nos advierte del objetivo de esta imagen que el dramaturgo da de quienes investigan las cosas de la naturaleza, presentarlo como “ateo”:

Los que han sembrado estos falsos rumores son mis más peligrosos acusadores, porque prestándoles oídos, llegan  los demás a persuadirse que los hombres que se consagran a tales indagaciones no creen en la existencia de los dioses.

Al principio de la “Defensa de Sócrates”  18c-18d, Platón por boca del propio Sócrates describe ese ambiente opresivo de opinión colectiva contra la que es imposible luchar a la que se ven sometidos quienes no se adaptan al espíritu de la mayoría social acrítica. En ese mismo texto se denuncia la responsabilidad de “un comediógrafo”, Aristófanes.

...y lo más injusto es que no me es permitido conocer ni nombrar a mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias. Todos aquellos que por envidia o por malicia os han inoculado todas estas falsedades, y los que, persuadidos ellos mismos, han persuadido a otros, quedan ocultos sin que pueda yo llamarlos ante vosotros ni refutarlos; y por consiguiente, para defenderme, os preciso que yo me bata, como suele decirse, con una sombra, y que ataque y me defienda sin que ningún adversario aparezca.

El teatro siempre pegado a la sociedad en la que se desarrolla, siempre ha tenido una importante influencia en los comportamientos colectivos de la masa popular.

En la explicación de la acusación, según se expresa el propio Sócrates en la Apología de Platón, han sido determinantes:

Su conciencia de superioridad  moral respecto del resto: Su amigo Querefonte preguntó a Apolo si había algún hombre más sabio que Sócrates y la Pitonisa respondió que no había nadie. Sócrates intentó averiguar si las cosas eran así y acaba interpretando la  afirmación  en el sentido de que él es sabio “porque sólo sabe que no sabe nada”, mientras los demás creen que saben cuando en realidad nada saben.

Para comprobar si el oráculo decía verdad fue investigando a los hombres considerados sabios: comienza por un famoso político, luego investigó a otro y a otros dos más, luego fue a los poetas, luego a los artistas, luego a los extranjeros. En todos ellos encontró ignorancia y sobre todo la creencia de que sabían cuando no sabían que no sabían nada. Este descubrimiento de su superioridad, junto a su estilo inquisitivo con el adversario hasta dejarlo en ridículo, le granjeó numerosos enemigos.

22e-23b

De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.»

Esta misma superioridad la vuelve a esgrimir más tarde cuando se niega a suplicar a los jueces, a pesar de que tiene su familia, “tres hijos, uno ya mozalbete y dos pequeños” que lo perderán. No va pedir clemencia por respeto a su ciudad, a las leyes y a sí mismo y a su buen nombre. Ni siquiera aceptaría pagar una multa.

La acusación de que corrompe a los jóvenes, cuando son los jóvenes los que acuden libremente y se encuentran a gusto aprendiendo del maesto.

23c-23d

Por otra parte, muchos jóvenes de las más ricas  familias en sus ocios se unen a mí de buen grado, y tienen tanto placer en ver de qué manera pongo a prueba a todos los hombres que quieren imitarme con aquellos que encuentran; y no hay que dudar que encuentran una buena cosecha, porque son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada.

Todos aquellos que ellos convencen de su ignorancia la toman conmigo y no con ellos, y van diciendo que hay un cierto Sócrates que es un malvado y un infame que corrompe a los jóvenes; y cuando se les pregunta qué hace o qué enseña, no tienen qué responder, y para disimular su flaqueza se desatan con esos cargos triviales que ordinariamente se dirigen contra los filósofos; que indaga lo que pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra, que no cree en los dioses, que hace buenas las más malas causas; y todo porque no se atreven a decir la verdad, que es que Sócrates los coge in fraganti, y descubre que figuran que saben, cuando no saben nada.

Ya he comentado cómo se le confunde malévolamente con los sofistas y su dominio de la palabra para retorcer los argumentos y la realidad y cómo los jóvenes aprenden también esas enseñanzas.

30a.30c: comenta las enseñanzas que realmente él procura transmitir:

Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros, jóvenes y viejos, que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, antes que cualquier otro cuidado, es el del alma y de su perfeccionamiento; porque no me canso de deciros que la virtud no viene de las riquezas, sino por el contrario, que las riquezas vienen de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes públicos y particulares.
Si diciendo estas cosas corrompo la juventud, es preciso que estas máximas sean una ponzoña, porque si se pretende que digo otra cosa, se os engaña o se os impone. Dicho esto no tengo nada que añadir. Haced lo que pide Anito, o no lo hagáis; dadme libertad, o no me la deis; yo no puedo hacer otra cosa, aunque hubiera de morir mil veces... Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma; calma que creo que no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá os harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión.

30a-30c

La acusación de ser ateo y de no creer en los dioses de la ciudad.

Ya Aristófanes lo presentaba también  como ateo. En el verso 830 de Las Nubes Estrepsiades informa a su hijo que creer en Zeus es una idea antigua y eso se lo ha dicho Sócrates de Melos y Querefonte, y es ésta además una afirmación con recámara, porque le llama además ateo indirectamente.

v. 829-830

FIDÍPIDES: ¿Quién lo dice?

ESTREPSIADES: Sócrates de Melos y Querefonte, que sabe de huellas de pulga.

Pero Sócrates no es de Melos sino de Atenas; de Melos era el famoso ateo Diágoras; así que al llamar a Sócrates de “Melos”  en realidad le está llamando indirectamente “ateo”.

En 26b-26e

Sócrates: Sin embargo, responde aún, y dinos cómo corrompo a los jóvenes. ¿Es según tu denuncia, enseñándoles a no reconocer los dioses que reconoce la patria, y enseñándoles además a rendir culto, bajo el nombre de demonios, a otras divinidades? ¿No es esto lo que dices?

Melito: Sí, es lo mismo.

Sócrates: Melito, en nombre de esos mismos dioses de que ahora se trata, explícate de una manera un poco más clara, por mí y por estos jueces, porque no acabo de comprender, si me acusas de enseñar que hay muchos dioses, (y en este caso, si creo que hay dioses, no soy ateo, y falta la materia para que sea yo culpable) o si estos dioses no son del Estado. ¿Es esto de lo que me acusas? ¿O bien me acusas de que no admito ningún Dios, y que enseño a los demás a que no reconozcan ninguno?

Melito: Te acuso de no reconocer ningún Dios.

Sócrates: ¡Oh maravilloso Melito!, ¿por qué dices eso? ¡Qué! ¿Yo no creo como los demás hombres que el sol y la luna son dioses?

Melito: No, ¡por Júpiter!, atenienses, no lo cree, porque dice que el sol es una piedra y la luna una tierra.

Sócrates: ¿Pero tú acusas a Anaxágoras, mi querido Melito? Desprecias los jueces, porque los crees harto ignorantes, puesto que te imaginas que no saben que los libros de Anaxágoras y de Clazomenes están llenos de aserciones de esta especie. Por lo demás, ¿qué necesidad tendrían los jóvenes de aprender de mí cosas que podían ir a oír todos  los días a la Orquesta, por un dracma a lo más?* ¡Magnífica ocasión se les presentaba para burlarse de Sócrates, si Sócrates se atribuyese doctrinas que no son suyas y tan extrañas y absurdas por otra parte! Pero dime en nombre de Júpiter, ¿pretendes que yo no reconozco ningún Dios?

Melito: Sí, ¡por Júpiter!, tú no reconoces ninguno.

Sócrates: Dices, Melito, cosas increíbles, ni estás tampoco de acuerdo contigo mismo. A mi entender parece, atenienses, que Melito es un insolente, que no ha intentado esta acusación sino para insultarme,…

* Nota: en otras traducciones se hace referencia no a oír las doctrinas de Anaxágoras, sino a comprar un libro de Anaxágoras por un dracma. En ese caso nos estaría también informando Platón de la existencia de un mercado de libros en Atenas, puesto que se puede comprar en el ágora un libro de Anaxágoras por un dracma. Sin duda el precio parece ridículamente barato; a buen seguro que los libros serían escasos y el precio más bien elevado, pero es interesante comprobar cómo en la primera democracia existía al alcance de quien pudiera pagarlo el libro como instrumento democratizador del conocimiento.

En ese contexto Anito el artesano, Meleto, poeta fracasado y pelota del poder establecido y Licón , orador,formularon la denuncia.

23e-24a

Apoyándose en esto, me han atacado Meleto, Anito y Licón –Meleto indignado en nombre de los poetas; Anito en nombre de los artesanos y de los políticos, y Licón en nombre de los oradores-.

La denuncia textual nos la ofrece el mismo Sócrates en 24b-24c:

“Sócrates delinque: corrompe a los jóvenes; no reconoce a los dioses de la ciudad, y en cambio, tiene extrañas creencias relacionadas con genios”.

Sócrates repitió muchas veces a lo largo de su vida que tenía un genio particular, una especie de ángel de la guarda, que le indicaba interiormente lo que debía hacer o no hacer.

Sócrates advierte con orgullo a sus conciudadanos de Atenas las consecuencias que se derivarán de su condena injusta:

30c-31c

Pero no murmuréis, atenienses, y concededme la gracia que os pedí al principio: que me escuchéis con calma; calma que creo que no os será infructuosa, porque tengo que deciros otras muchas cosas que quizá os harán murmurar; pero no os dejéis llevar de vuestra pasión. Estad persuadidos de que si me hacéis morir en el supuesto de lo que os acabo de declarar, el mal no será sólo para mí. En efecto, ni Anito, ni Melito pueden causarme mal alguno, porque el mal no puede nada contra el hombre de bien. Me harán quizá condenar a muerte, o a destierro, o a la pérdida de mis bienes y de mis derechos de ciudadano; males espantosos a los ojos de Melito y de sus amigos; pero yo no soy de su dictamen. A mi juicio, el más grande de todos los males es hacer lo que Anito hace en este momento, que es trabajar para hacer morir un inocente.

En este momento, atenienses, no es en manera alguna por amor a mi persona por lo que yo me defiendo, y sería un error el creerlo así; sino que es por amor a vosotros; porque condenarme sería ofender al Dios y desconocer el presente que os ha hecho. Muerto yo, atenienses, no encontrareis fácilmente otro ciudadano que el Dios conceda a esta ciudad (la comparación os parecerá quizá ridícula) como a un corcel noble y generoso, pero entorpecido por su misma grandeza, y que tiene necesidad de espuela que le excite y despierte. Se me figura que soy yo el que Dios ha escogido para excitaros, para punzaros, para predicaros todos los días, sin abandonaros un solo instante. Bajo mi palabra, atenienses, difícil será que encontréis otro hombre que llene esta misión como yo; y si queréis creerme, me salvareis la vida.

Pero quizá fastidiados y soñolientos desechareis mi consejo, y entregándoos a la pasión de Anito me condenareis muy a la ligera. ¿Qué resultará de esto? Que pasareis el resto de vuestra vida en un adormecimiento profundo, a menos que el Dios no tenga compasión de vosotros, y os envíe otro hombre que se parezca a mí.

Que ha sido Dios el que me ha encomendado esta misión para con vosotros es fácil inferirlo, por lo que os voy a decir. Hay un no sé qué de sobrehumano en el hecho de haber abandonado yo durante tantos años mis propios negocios por consagrarme a los vuestros,  dirigiéndome a cada uno de vosotros en particular, como un padre o un hermano mayor puede hacerlo, y exhortándoos sin cesar a que practiquéis la virtud.
Si yo hubiera sacado alguna recompensa de mis exhortaciones, tendríais algo que decir; pero veis claramente que mis mismos acusadores, que me han calumniado con tanta impudencia, no han tenido valor para echármelo en cara, y menos para probar con testigos que yo haya exigido jamás ni pedido el menor salario, y en prueba de la verdad de mis palabras os presento un testigo irrecusable, mi pobreza.

En la primera parte del proceso 281 votaron la condena, 220 votaron la absolución. Cuando en la segunda fase del proceso declaró que merecía ser nombrado benefactor de la ciudad y ser alimentado en el Pritaneo a costa del Estado, como ocurría con los vencedores en los Juegos Olímpicos, 360 lo condenaron y 141 votaron la propuesta de Sócrates. El tribunal debía elegir la pena sugerida por el acusador o la propuesta por el propio acusado, pero no podía determinar una intermedia.

Leamos este episodio tal como lo relata Platón por boca del propio Sócrates:

36b-37a

Melito me juzga digno de muerte; en buen hora. ¿Y yo de qué pena me juzgaré digno? Veréis claramente, atenienses, que yo no escojo más que lo que merezco. ¿Y cuál es? ¿A qué pena, a qué multa voy a condenarme por no haber callado las cosas buenas que aprendí durante toda mi vida; por haber despreciado lo que los demás buscan con tanto afán, las riquezas, el cuidado de los negocios domésticos, los empleos y las dignidades; por no haber entrado jamás en ninguna cábala, ni en ninguna conjuración, prácticas bastante ordinarias en esta ciudad; por ser conocido como hombre, de bien, no queriendo conservar mi vida valiéndome de medios tan indignos? Por otra parte, sabéis que jamás he querido tomar ninguna profesión en la que pudiera trabajar al mismo tiempo en provecho vuestro y en el mío, y que mi único objeto ha sido procuraros a cada uno de vosotros en particular el mayor de todos los bienes, persuadiéndoos a que no atendáis a las cosas que os pertenecen antes que al cuidado de vosotros mismos, para haceros más sabios y más perfectos, lo mismo que es preciso tener cuidado de la existencia de la república antes de pensar en las cosas que la pertenecen, y así de lo demás.

Dicho esto, ¿de qué soy digno? De un gran bien sin duda, atenienses, si proporcionáis verdaderamente la recompensa al mérito; de un gran bien que pueda convenir a un hombre tal como yo. ¿Y qué es lo que conviene a un hombre pobre, que es vuestro bienhechor, y que tiene necesidad de un gran desahogo para ocuparse en exhortaros? Nada le conviene tanto, atenienses, como el ser alimentado en el Pritaneo y esto le es más debido que a los que entre vosotros han ganado el premio en las corridas de caballos y carros en los juegos olímpicos; porque éstos con sus victorias hacen que aparezcamos felices, y yo os hago, no en la apariencia, sino en la realidad. Por otra parte, éstos no tienen necesidad de este socorro, y yo la tengo. Si en justicia es preciso adjudicarme una recompensa digna de mí, esta es la que merezco, el ser alimentado en el Pritaneo.
Al hablaros así, atenienses, quizá me acusareis de que lo hago con la terquedad y arrogancia con que deseché antes los lamentos y las súplicas. Pero no hay nada de eso.

Condenado ya a muerte por la mayoría, Sócrates hace una advertencia a quienes han votado su condena:

39c-39e

¡Oh vosotros!, que me habéis condenado a muerte, quiero predeciros lo que os sucederá, porque me veo en aquellos momentos, cuando la muerte se aproxima, en que los hombres son capaces de profetizar el porvenir. Os lo anuncio, vosotros que me hacéis morir, vuestro castigo no tardará, cuando yo haya muerto, y será, ¡por Júpiter!, más cruel que el que me imponéis. En deshaceros de mí, sólo habéis intentado descargares del importuno peso de dar cuenta de vuestra vida, pero os sucederá todo lo contrario; yo os lo predigo.
Se levantará contra vosotros y os reprenderá un gran número de personas, que han estado contenidas por mi presencia, aunque vosotros no lo apercibíais; pero después de mi muerte serán tanto más importunos y difíciles de contener, cuanto que son más jóvenes; y más os irritareis vosotros, porque si creéis que basta matar a unos para impedir que otros os echen en cara que vivís mal, os engañáis. Esta manera de libertarse de sus censores ni es decente, ni posible. La que es a la vez muy decente y muy fácil es, no cerrar la boca a los hombres, sino hacerse mejor. Lo dicho basta para los que me han condenado, y los entrego a sus propios remordimientos.

También tiene unas sentidas palabras para los 141 que le absolvieron:

39e

Con respecto a los que me habéis absuelto con vuestros votos, atenienses, conversaré con vosotros con el mayor gusto, mientras que los Once estén ocupados, y no se me conduzca al sitio donde deba morir….

40c

Es que hay trazas de que lo que me sucede es un gran bien, y nos engañamos todos sin duda, si creemos que la muerte es un mal….

40c-41b

Profundicemos un tanto la cuestión, para hacer ver que es una esperanza muy profunda la de que la muerte es un bien.

Es preciso de dos cosas una: o la muerte es un absoluto anonadamiento y una privación de todo sentimiento, o, como se dice, es un tránsito del alma de un lugar a otro. Si es la privación de todo sentimiento, una dormida pacífica que no es turbada por ningún sueño, ¿qué mayor ventaja puede presentar la muerte? Porque si alguno, después de haber pasado una noche muy tranquila sin ninguna inquietud, sin ninguna turbación, sin el menor sueño, la comparase con todos los demás días y con todas las demás noches de su vida, y se le obligase a decir en conciencia cuántos días y noches había pasado que fuesen más felices que aquella noche; estoy persuadido de que no sólo un simple particular, si no el mismo gran rey, encontraría bien pocos, y le sería muy fácil contarlos. Si la muerte es una cosa semejante, la llamo con razón un bien; porque entonces el tiempo todo entero no es más que una larga noche.

Pero si la muerte es un tránsito de un lugar a otro, y si, según se dice, allá abajo está el paradero de todos los que han vivido, ¿qué mayor bien se puede imaginar, jueces míos? Porque si, al dejar los jueces prevaricadores de este mundo, se encuentran en los infiernos los verdaderos jueces, que se dice que hacen allí justicia, Mines, Radamanto, Eaco, Triptolemo y todos los demás semidioses que han sido justos durante su vida, ¿no es este el cambio más dichoso? ¿A qué precio no compraríais la felicidad de conversar con Orfeo, Museo, Hesiodo y Homero? Para mí, si es esto verdad, moriría gustoso mil veces. ¿Qué trasporte de alegría no tendría yo cuando me encontrase con Palamedes, con Afax, hijo de Telamon, y con todos los demás héroes de la antigüedad, que han sido víctimas de la injusticia? ¡Qué placer el poder comparar mis aventuras con las suyas! Pero aún sería un placer infinitamente más grande para mí pasar allí los días, interrogando y examinando a todos estos personajes, para distinguir los que son verdaderamente sabios de los que creen serlo y no lo son.
….

41c-41d

Esta es la razón, jueces míos, para que nunca perdáis las esperanzas aún después de la tumba, fundados en esta verdad; que no hay ningún mal para el hombre de bien, ni durante su vida, ni después de su muerte; y que los dioses tienen siempre cuidado de cuanto tiene relación con [86] él; porque lo que en este momento me sucede a mí no es obra del azar, y estoy convencido de que el mejor partido para mí es morir desde luego y libertarme así de todos los disgustos de esta vida.

42a

Pero ya es tiempo de que nos retiremos de aquí, yo para morir, vosotros para vivir. ¿Entre vosotros y yo, quién lleva la mejor parte? Esto es lo que nadie sabe, excepto Dios.

Acaba así la Defensa de Sócrates que Platón nos dejó.

            ...........

Platón: Apología de Sócrates, traducida  por Patricio de Azcárate

Yo no sé, atenienses, la impresión que habrá hecho en vosotros el discurso de mis acusadores. Con respecto a mí, confieso que me he desconocido a mí mismo; tan persuasiva ha sido su manera de decir. Sin embargo, puedo asegurarlo, no han dicho una sola palabra que sea verdad.

Pero de todas sus calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho de que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia. Porque el no haber temido el mentís vergonzoso que yo les voy a dar en este momento, haciendo ver que no soy elocuente, es el colmo de la impudencia, a menos que no llamen elocuente al que dice la verdad. Si es esto lo que pretenden, confieso que soy un gran orador; pero no lo soy a su manera; porque, repito, no han dicho ni una sola palabra verdadera, y vosotros vais a saber de mi boca la pura verdad, no, ¡por Júpiter!, en una arenga vestida de sentencias brillantes y palabras escogidas, como son los discursos de mis acusadores, sino en un lenguaje sencillo y espontáneo; porque descanso en la confianza de que digo la verdad, y ninguno de vosotros debe esperar otra cosa de mí. No sería propio de mi edad, venir, atenienses, ante vosotros como un joven que hubiese preparado un discurso.
Por esta razón, la única gracia, atenienses, que os pido es que cuando veáis que en mi defensa emplee [50] términos y maneras comunes, los mismos de que me he servido cuantas veces he conversado con vosotros en la plaza pública, en las casas de contratación y en los demás sitios en que me habéis visto, no os sorprendáis, ni os irritéis contra mí; porque es esta la primera vez en mi vida que comparezco ante un tribunal de justicia, aunque cuento más de setenta años.

Por lo pronto soy extraño al lenguaje que aquí se habla. Y así como si fuese yo un extranjero, me disimularíais que os hablase de la manera y en el lenguaje de mi país, en igual forma exijo de vosotros, y creo justa mi petición, que no hagáis aprecio de mi manera de hablar, buena o mala, y que miréis solamente, con toda la atención posible, si os digo cosas justas o no, porque en esto consiste toda la virtud del juez, como la del orador: en decir la verdad.

Es justo que comience por responder a mis primeros acusadores, y por refutar las primeras acusaciones, antes de llegar a las últimas que se han suscitado contra mí. Porque tengo muchos acusadores cerca de vosotros hace muchos años, los cuales nada han dicho que no sea falso. Temo más a estos que a Anito y sus cómplices{1}, aunque sean estos últimos muy elocuentes; pero son aquellos mucho más temibles, por cuanto, compañeros vuestros en su mayor parte desde la infancia, os han dado de mí muy malas noticias, y os han dicho, que hay un cierto Sócrates, hombre sabio que indaga lo que pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra y que sabe convertir en buena, una mala causa.

Los que han sembrado estos falsos rumores son mis más peligrosos acusadores, porque prestándoles oídos, llegan [51] los demás a persuadirse que los hombres que se consagran a tales indagaciones no creen en la existencia de los dioses. Por otra parte, estos acusadores son en gran número, y hace mucho tiempo que están metidos en esta trama. Os han prevenido contra mí en una edad, que ordinariamente es muy crédula, porque erais niños la mayor parte o muy jóvenes cuando me acusaban ante vosotros en plena libertad, sin que el acusado les contradijese; y lo más injusto es que no me es permitido conocer ni nombrar a mis acusadores, a excepción de un cierto autor de comedias. Todos aquellos que por envidia o por malicia os han inoculado todas estas falsedades, y los que, persuadidos ellos mismos, han persuadido a otros, quedan ocultos sin que pueda yo llamarlos ante vosotros ni refutarlos; y por consiguiente, para defenderme, os preciso que yo me bata, como suele decirse, con una sombra, y que ataque y me defienda sin que ningún adversario aparezca.

Considerad, atenienses, que yo tengo que habérmelas con dos suertes de acusadores, como os he dicho: los que me están acusando ha mucho tiempo, y los que ahora me citan ante el tribunal; y creedme, os lo suplico, es preciso que yo responda por lo pronto a los primeros, porque son los primeros a quienes habéis oído y han producido en vosotros más profunda impresión.

Pues bien, atenienses, es preciso defenderse y arrancar de vuestro espíritu, en tan corto espacio de tiempo, una calumnia envejecida, y que ha echado en vosotros profundas raíces. Desearía con todo mi corazón, que fuese en ventaja vuestra y mía, y que mi apología pudiese servir para mi justificación. Pero yo sé cuán difícil es esto, sin que en este punto pueda hacerme ilusión. Venga lo que los dioses quieran, es preciso obedecer a la ley y defenderse.

Remontémonos, pues, al primer origen de la acusación, [52] sobre la que he sido tan desacreditado y que ha dado a Melito confianza para arrastrarme ante el tribunal. ¿Qué decían mis primeros acusadores? Porque es preciso presentar en forma su acusación, como si apareciese escrita y con los juramentos recibidos. «Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa, y enseña a los demás sus doctrinas.»

He aquí la acusación; ya la habéis visto en la comedia de Aristofanes, en la que se representa un cierto Sócrates, que dice, que se pasea por los aires y otras extravagancias semejantes, que yo ignoro absolutamente; y esto no lo digo, porque desprecie esta clase de conocimientos; si entre vosotros hay alguno entendido en ellos (que Melito no me formule nuevos cargos por esta concesión), sino que es sólo para haceros ver, que yo jamás me he mezclado en tales ciencias, pudiendo poner por testigos a la mayor parte de vosotros.

Los que habéis conversado conmigo, y que estáis aquí en gran número, os conjuro a que declaréis, si jamás me oísteis hablar de semejante clase de ciencias ni de cerca ni de lejos; y por esto conoceréis ciertamente, que en todos esos rumores que se han levantado contra mí, no hay ni una sola palabra de verdad; y si alguna vez habéis oído, que yo me dedicaba a la enseñanza, y que exigía salario, es también otra falsedad.

No es porque no tenga por muy bueno el poder instruir a los hombres, como hacen Gorgias de Leoncio, Prodico de Ceos e Hippias de Elea. Estos grandes personajes tienen el maravilloso talento, donde quiera que vayan, de persuadir a los jóvenes a que se unan a ellos, y abandonen a sus conciudadanos, cuando podrían estos ser sus maestros sin costarles un óbolo.

Y no sólo les pagan la enseñanza, sino que contraen con ellos una deuda de agradecimiento infinito. He oído [53] decir, que vino aquí un hombre de Paros, que es muy hábil; porque habiéndome hallado uno de estos días en casa de Callias hijo de Hiponico, hombre que gasta más con los sofistas que todos los ciudadanos juntos, me dio gana de decirle, hablando de sus dos hijos: —Callias, si tuvieses por hijos dos potros o dos terneros, ¿no trataríamos de ponerles al cuidado de un hombre entendido, a quien pagásemos bien, para hacerlos tan buenos y hermosos, cuanto pudieran serlo, y les diera todas las buenas cualidades que debieran tener? ¿Y este hombre entendido no debería ser un buen picador y un buen labrador? Y puesto que tú tienes por hijos hombres, ¿qué maestro has resuelto darles? ¿Qué hombre conocemos que sea capaz de dar lecciones sobre los deberes del hombre y del ciudadano? Porque no dudo que hayas pensado en esto desde el acto que has tenido hijos, y conoces a alguno? —Sí, me respondió Callias. —¿Quién es, le repliqué, de dónde es, y cuánto lleva? —Es Éveno, Sócrates, me dijo; es de Paros, y lleva cinco minas. Para lo sucesivo tendré a Éveno por muy dichoso, si es cierto que tiene este talento y puede comunicarlo a los demás.

Por lo que a mí toca, atenienses, me llenaría de orgullo y me tendría por afortunado, si tuviese esta cualidad, pero desgraciadamente no la tengo. Alguno de vosotros incidirá quizá: —Pero Sócrates, ¿qué es lo que haces? ¿De dónde nacen estas calumnias que se han propalado contra ti? Porque si te has limitado a hacer lo mismo que hacen los demás ciudadanos, jamás debieron esparcirse tales rumores. Dinos, pues, el hecho de verdad, para que no formemos un juicio temerario. Esta objeción me parece justa. Voy a explicaros lo que tanto me ha desacreditado y ha hecho mi nombre tan famoso. Escuchadme, pues. Quizá algunos de entre vosotros creerán que yo no hablo seriamente, pero estad persuadidos de que no os diré más que la verdad. [54]

La reputación que yo haya podido adquirir, no tiene otro origen que una cierta sabiduría que existe en mí. ¿Cuál es esta sabiduría? Quizá es una sabiduría puramente humana, y corro el riesgo de no ser en otro concepto sabio, al paso que los hombres de que acabo de hablares, son sabios, de una sabiduría mucho más que humana.

Nada tengo que deciros de esta última sabiduría, porque no la conozco, y todos los que me la imputan, mienten, y sólo intentan calumniarme. No os incomodéis, atenienses, si al parecer os hablo de mí mismo demasiado ventajosamente; nada diré que proceda de mí, sino que lo atestiguaré con una autoridad digna de confianza. Por testigo de mi sabiduría os daré al mismo Dios de Delfos, que os dirá si la tengo, y en qué consiste. Todos conocéis a Querefon, mi compañero en la infancia, como lo fue de la mayor parte de vosotros, y que fue desterrado con vosotros, y con vosotros volvió. Ya sabéis qué hombre era Querefon, y cuán ardiente era en cuanto emprendía. Un día, habiendo partido para Delfos, tuvo el atrevimiento de preguntar al oráculo (os suplico que no os irritéis de lo que voy a decir), si había en el mundo un hombre más sabio que yo; la Pythia le respondió, que no había ninguno. Querefon ha muerto, pero su hermano, que está presente, podrá dar fe de ello. Tened presente, atenienses, porque os refiero todas estas cosas; pues es únicamente para haceros ver de donde proceden esos falsos rumores, que han corrido contra mí.
Cuando supe la respuesta del oráculo, dije para mí; ¿Qué quiere decir el Dios? ¿Qué sentido ocultan estas palabras? Porque yo sé sobradamente que en mí no existe semejante sabiduría, ni pequeña, ni grande. ¿Qué quiere, pues, decir, al declararme el más sabio de los hombres? Porque él no miente. La Divinidad no puede mentir. Dudé largo tiempo del sentido del oráculo, hasta que por último, después de gran trabajo, me propuse hacer la [55] prueba siguiente: —Fui a casa de uno de nuestros conciudadanos, que pasa por uno de los más sabios de la ciudad. Yo creía, que allí mejor que en otra parte, encontraría materiales para rebatir al oráculo, y presentarle un hombre más sabio que yo, por más que me hubiere declarado el más sabio de los hombres. Examinando pues este hombre, de quien, baste deciros, que era uno de nuestros grandes políticos, sin necesidad de descubrir su nombre, y conversando con él, me encontré, con que todo el mundo le creía sabio, que él mismo se tenía por tal, y que en realidad no lo era. después de este descubrimiento me esforcé en hacerle ver que de ninguna manera era lo que él creía ser, y he aquí ya lo que me hizo odioso a este hombre y a los amigos suyos que asistieron a la conversación.
Luego que de él me separé, razonaba conmigo mismo, y me decía: —Yo soy más sabio que este hombre. Puede muy bien suceder, que ni él ni yo sepamos nada de lo que es bello y de lo que es bueno; pero hay esta diferencia, que él cree saberlo aunque no sepa nada, y yo, no sabiendo nada, creo no saber. Me parece, pues, que en esto yo, aunque poco más, era mas sabio, porque no creía saber lo que no sabia.

Desde allí me fui a casa de otro que se le tenía por más sabio que el anterior, me encontré con lo mismo, y me granjeé nuevos enemigos. No por esto me desanimé; fui en busca de otros, conociendo bien que me hacia odioso, y haciéndome violencia, porque temía los resultados; pero me parecía que debía, sin dudar, preferir a todas las cosas la voz del Dios, y para dar con el verdadero sentido del oráculo, ir de puerta en puerta por las casas de todos aquellos que gozaban de gran reputación; pero, ¡oh Dios!, he aquí, atenienses, el fruto que saqué de mis indagaciones, porque es preciso deciros la verdad; todos aquellos que pasaban por ser los más sabios, me parecieron no [56] serlo, al paso que todos aquellos que no gozaban de esta opinión, los encontré en mucha mejor disposición para serlo.

Es preciso que acabe de daros cuenta de todas mis tentativas, como otros tantos trabajos que emprendí para conocer el sentido del oráculo.

Después de estos grandes hombres de Estado me fui a los poetas, tanto a los que hacen tragedias como a los poetas ditirámbicos{2} y otros, no dudando que con ellos se me cogería in fraganti, como suele decirse, encontrándome más ignorante que ellos. Para esto examiné las obras suyas que me parecieron mejor trabajadas, y les pregunté lo que querían decir, y cuál era su objeto, para que me sirviera de instrucción. Pudor tengo, atenienses, en deciros la verdad; pero no hay remedio, es preciso decirla. No hubo uno de todos los que estaban presentes, inclusos los mismos autores, que supiese hablar ni dar razón de sus poemas. Conocí desde luego que no es la sabiduría la que guía a los poetas, sino ciertos movimientos de la naturaleza y un entusiasmo semejante al de los profetas y adivinos; que todos dicen muy buenas cosas, sin comprender nada de lo que dicen. Los poetas me parecieron estar en este caso; y al mismo tiempo me convencí, que a título de poetas se creían los más sabios en todas materias, si bien nada entendían. Les dejé, pues, persuadido que era yo superior a ellos, por la misma razón que lo había sido respecto a los hombres políticos.

En fin, fui en busca de los artistas. Estaba bien convencido de que yo nada entendía de su profesión, que los encontraría muy capaces de hacer muy buenas cosas, y en esto no podía engañarme. Sabían cosas que yo ignoraba, y en esto eran ellos más sabios que yo. Pero, atenienses, los más [57] entendidos entre ellos me parecieron incurrir en el mismo defecto que los poetas, porque no hallé uno que, a título de ser buen artista, no se creyese muy capaz y muy instruido en las más grandes cosas; y esta extravagancia quitaba todo el mérito a su habilidad.

Me pregunté, pues, a mí mismo, como si hablara por el oráculo, si querría más ser tal como soy sin la habilidad de estas gentes, e igualmente sin su ignorancia, o bien tener la una y la otra y ser como ellos, y me respondí a mí mismo y al oráculo, que era mejor para mí ser como soy. De esta indagación, atenienses, han oído contra mí todos estos odios y estas enemistades peligrosas, que han producido todas las calumnias que sabéis, y me han hecho adquirir el nombre de sabio; porque todos los que me escuchan creen que yo sé todas las cosas sobre las que descubro la ignorancia de los demás. Me parece, atenienses, que sólo Dios es el verdadero sabio, y que esto ha querido decir por su oráculo, haciendo entender que toda la sabiduría humana no es gran cosa, o por mejor decir, que no es nada; y si el oráculo ha nombrado a Sócrates, sin duda se ha valido de mí nombre como un ejemplo, y como si dijese a todos los hombres: «el más sabio entre vosotros es aquel que reconoce, como Sócrates, que su sabiduría no es nada.»

Convencido de esta verdad, para asegurarme más y obedecer al Dios, continué mis indagaciones, no sólo entre nuestros conciudadanos, sino entre los extranjeros, para ver si encontraba algún verdadero sabio, y no habiéndole encontrado tampoco, sirvo de intérprete al oráculo, haciendo ver a todo el mundo, que ninguno es sabio. Esto me preocupa tanto, que no tengo tiempo para dedicarme al servicio de la república ni al cuidado de mis cosas, y vivo en una gran pobreza a causa de este culto que rindo a Dios.
Por otra parte, muchos jóvenes de las más ricas [58] familias en sus ocios se unen a mí de buen grado, y tienen tanto placer en ver de qué manera pongo a prueba a todos los hombres que quieren imitarme con aquellos que encuentran; y no hay que dudar que encuentran una buena cosecha, porque son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada.

Todos aquellos que ellos convencen de su ign

   
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