Uno, dos,muchos
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Uno, dos,muchos

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La adquisición del concepto de número, de los términos para designarlos y de las cifras para representarlos es una de las tareas más difíciles para el hombre. Debió serlo para el hombre primitivo y lo es para el niño que ahora lo aprende en su infancia.

Nos sorprendemos cuando los etnólogos nos informan de que pueblo actuales, a los que llamamos primitivos con notable injusticia desde nuestra perspectiva exclusivamente occidental, sólo tienen nombre propio para el “uno” y para el “dos”; a partir de ahí sólo hablan de “muchos”, de “multitud”. Nos parece extraño y una gran limitación que al menos no tengan nombre propio para los diez primeros, como nosotros.

El estudio de la lengua ofrece a veces notables sorpresas.  Nuestra lengua, como el francés, italiano, rumano, portugués, catalán… deriva del latín, emparentado a su vez con otras muchas lenguas que llamamos indoeuropeas. Comparando unas con otras, las antiguas y las modernas, de alguna forma podemos reconstruir el tronco común, al que llamamos “indoeuropeo”. Con ese método nos podemos acercar un poco al IV o V milenio antes de Cristo.

Pues bien, en las lenguas indoeuropeas que se extienden de Europa a Asia (y desde finales del siglo XV a América con el español, el inglés, el francés y el portugués sobre todo) los números mantienen una notable unidad y uniformidad. Su estudio nos depara algunas sorpresas.

Se puede rastrear cómo en indoeuropeo el número "dos" (2) era también el límite máximo de la precisión y a partir de él todo era “multitud”.

Diremos en primer lugar que las lenguas indoeuropeas son “flexivas”, es decir, las palabras tienen terminaciones diversas para expresar el número, el género y  la función gramatical. Pues bien, en griego y en latín (en éste residualmente) todavía las palabras tienen unas terminaciones para expresar el “singular”, otras para expresar que son dos los objetos a que se refieren, número que llamamos “dual” y otras para el “plural") cuando son más de dos. Esto nos sitúa ya más cerca de esos pueblos que sólo diferencian uno, dos, multitud.

Esta extraordinaria percepción del “2” se explica sin duda por la presencia frecuente y relevante de objetos o seres emparejados: las dos manos, los dos brazos, los dos pies, las dos piernas, los dos ojos, las dos orejas… dos son las alas de los pájaros, dos las patas de las aves… La percepción más inmediata sería la del “1”, que nos remite a uno mismo.

Muy llamativo es el estudio del nombre del número  “tres” (3). La raíz de la palabra en “indoeuropeo”, la lengua originaria reconstruida, es *tri", y sus derivados  *treyes, *tisores" (a los términos indoeuropeos se les antepone un asterisco (*) para diferenciarlos).

Cualquier francoparlante observará inmediatamente la proximidad etimológica entre "trois" (3) y “très”  que significa “muy, mucho” indicando intensidad y  con “trop” que significa “demasiado, mucho”.

En latín la palabra “trans”, que signfica “más allá” es de la misma raíz que “tres” (3); la palabra latina “ter”  signfica “tres veces”, pero también tiene un sentido general, por ejemplo en esta frase de Plauto:

“Ter tanto peior ipsa est, quam illam tu esse vis  = es tantas veces peor  cuantas tú quieres que sea”.

En Horacio leemos “ter quaterque” que si literalmente significa “tres y cuatro veces”, en realidad quiere decir “una y mil veces, muchísimas veces”.

En inglés la palabra “three” significa “tres” (3); la de uso más raro  “thrice” significa “tres veces” y “varios”; “throng” , significa “multitud” y “llenar, atestar”; “through”  signfica “más allá, a través”.

De la raíz indoeuropea derivan  la palabra usada en latín tardío o vulgar  “troppus” que significa “rebaño, banda”, de la que derivan el francés “trop” citado,  el italiano “troppo” , ”demasiado”, la francesa “troupe” y de ella la española “tropa” y “tropel” con evidente sentido de multitud, de grupo numeroso.

Todo esto nos retrotrae a una etapa muy antigua de nuestra lengua en la que “tres” era sinónimo de “multitud, de pluralidad” y en consecuencia nos acerca a esos pueblos que llamamos primitivos y que no cuentan con nombre propio más allá del número tres.

Nosotros hemos creado un sistema numeral más complejo  y perfecto, que sigue siendo en el fondo extraordinariamente limitado, como ya vislumbramos si lo comparamos con las modernas máquinas de computación.
 

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