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NIHIL NOVUM SUB SOLE

1001 hechos, dichos, curiosidades y anécdotas del mundo antiguo

La ninfa Calisto

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Quien disfrute leyendo o escuchando los coloridos relatos de la mitología grecolatina dispone de una obra esencial para ello: las Metamorfosis de Ovidio. En ella el prolífico poeta nos cuenta los muchos casos de transformación o metamorfosis de hombres, mujeres o personajes mitológicos en otros seres.

Entre esas transformaciones son especialmente interesantes, entre otras cosas por la fuerza con la que perviven, las conversiones en astros o estrellas, los llamados catasterismos.

Llamamos “catasterismo” a la conversión o la transformación  de dioses, seres heroicos,  hechos mitológicos, e incluso principios éticos más tarde, en astros, en cuerpos celestes del firmamento, en estrellas o conjuntos de estrellas.

Se trata de un término técnico o culto griego, compuesto de la preposición kata, κατά (encima, abajo)  y el sustantivo  ἀστήρ, aster,  (estrella, astro).  El término se empleo como título de un librito atribuido al director de la Biblioteca de Alejandría, matemático, geógrafo, astrónomo, médico, filólogo, autor literario,  Eratóstenes.

Dos de las constelaciones o conjunto de estrellas (eso es lo que significa la palabra constelación, cum stella..) más conocidas e importantes a lo largo de la historia en nuestro hemisferio son la “Osa Mayor”, fruto de la transformación de una ninfa, Calisto y el Boyero, Boötes, o guardián de la Osa, transformación de su hijo Arcas.

Nos lo cuenta literariamente el citado poeta Ovidio en un largo relato de más de ciento cincuenta versos en Metamorfosis,  libro II, v. 401-550.

Hoy me permito una pequeña licencia que a buen seguro no molestaría a Ovidio; en el mundo antiguo un mismo tema mitológico se rehace y modifica, se reduce o amplia una y otra vez por diversos autores.

Me permito hacer, pues, una versión reducida del relato ovidiano que tal vez sea más fácil de leer que el texto original para posibles lectores actuales, si bien ofreceré al final para el lector interesado el propio texto del autor latino con su correspondiente traducción.

LA  NINFA  CALISTO

Júpiter, el dios todopoderoso, recorría vigilante el amplio y sereno cielo y observaba con desgana la tierra en la que los hombres viven. En sus viajes diarios por el firmamento se detuvo muchas veces en Arcadia, fértil región de la tierra especialmente querida para él, gobernada por  Licaón, rey culto y religioso, respetado por sus ciudadanos a los  que por fin civilizó obligándoles a abandonar  su  forma de vida  primitiva y ruda.

Tenía Licaón numerosos hijos y entre ellos una hija que se llamaba Calisto. Su extraordinaria belleza atrajo la atención amorosa de Júpiter, que con excesiva frecuencia traicionaba a su esposa Juno.

La hija de Licaón no gustaba de la vida muelle de palacio, ni ocupaba el tiempo en cardar la lana o perfumar su cuerpo de bellas formas. Sujetos sus cabellos desordenados con una blanca cinta y anudado su vestido con un ligero broche, armada con el curvo arco y las flechas puntiagudas al hombro, recorría los bosques frondosos acompañando a Diana, diosa virgen, libre y  certera cazadora.  

Un caluroso día de verano, cuando el sol ya estaba a mitad de su carrera, descansaba  Calisto solitaria tendida en el verde suelo del bosque, reposando la cabeza sobre el carcaj multicolor. Cuando Júpiter la vio tan hermosa e indefensa, ardiendo de pasión como sólo los dioses pueden arder, pensó:

    -- Mi esposa Juno no se enterará de este amor secreto

Y tomando la figura de la diosa Diana se acercó a Calisto:

-- Hermosa doncella, hoy has cazado de manera extraordinaria y certera.

Se levantó de ágil salto Calisto y respondió con palabras agradecidas:

-- Gracias, mi querida y amada diosa. Yo creo que eres más grande y poderosa que el mismo Júpiter, que no nos oye.

Júpiter se sonrió al escucharla, la abrazó con fuerza contra su pecho poderoso y la colmó de besos lascivos, impropios de la diosa virgen cuya figura había suplantado.

Quiso Calisto inútilmente soltarse del divino abrazo, consciente ya del engaño adúltero. Pero ¿quién puede vencer al poderoso Júpiter?

Cuando Júpiter voló insensible al éter, Calisto recogió su aljaba y su arco y huyo veloz del bosque cómplice, para siempre odioso.

Cierto día, después de una buena cacería, Diana, feliz y contenta, llama  a Calisto, que, temiendo fuera Júpiter de nuevo disfrazado, huye corriendo a esconderse en el frondoso bosque. Pero,  viendo a la diosa rodeada de sus ninfas que impedían el engaño, se acercó cabizbaja al grupo. El rubor de su semblante delataría su pudor herido a Diana, si la diosa no fuera  virgen inexperta.

Fatigadas por la larga cacería, alcanzaron un fresco arroyo de aguas cristalinas. Diana apenas sumergió su virginal pie en el agua fresca que corría murmullosa y dijo amable:

  -- Descansemos un rato. Nadie nos ve aquí; desnudémonos y refresquemos nuestros cuerpos en estas aguas cristalinas.

Todas las ninfas se despojaron presto de sus vestidos de caza, pero Calisto, de nuevo ruborizada, dilataba su desnudez. Cuando por fin se quitó la ropa, apareció evidente en su cuerpo la culpa que inútilmente quería ocultar con sus manos.

Irritada la diosa virgen gritó a la avergonzada ninfa:

-- Aléjate rápido de nosotras, traidora,  y no mancilles estas aguas  sagradas.

Museo del Prado. Rubens: Calisto y Diana

Pasó el tiempo necesario y nació el pequeño Arcas, fruto de aquella forzada unión. Juno, esposa de Júpiter hacía tiempo que conocía ya lo sucedido. Llegado ahora el momento propicio, no dilató por más tiempo su cruel castigo. Así dijo airada la diosa poderosa:

   -- Sólo faltaba, adultera, que fueras fecunda y que un hijo tuyo testificase ante todos los dioses el ultraje vergonzoso de mi esposo Júpiter. Pronto te arrebataré la belleza de tu cuerpo con la que atrajiste a mi adúltero marido.  

Y diciendo esto, la agarró de sus rubios cabellos y la arrojó al suelo con toda violencia. Tendía Calisto sus brazos suplicantes, que inapelablemente se cubrían de negros pelos; tendía sus manos que se convertían en garras retorcidas y su dulce boca, apetecida por Júpiter, se transformaba en deformes fauces animales. De su ronca garganta no surgen palabras suplicantes que conmoverían el corazón, sino un ronco rugido que llena de terror.

Convertida en osa, conserva sin embargo su alma anterior, como atestiguan sus constantes gemidos de dolor y sus manos levantadas hacia lo alto, tal vez protestando la insensible ingratitud de Júpiter, el padre de los dioses que a todos amedrenta con sus rayos.

Ahora Calisto anda errante en la soledad del bosque y de los campos peligrosos. Quien antes cazaba infatigable, ¡cuántas veces ahora se esconde perseguida por los ladridos de los perros y las flechas de los cazadores! Incluso siendo ahora una osa, siente miedo al ver a los fieros osos en lo alto de las peñas.

Transcurrieron muchos años y Arcas, el hijo de Calisto a la que no conoció, persigue a las fieras por los desfiladeros y bosques del monte Erimanto, en la fértil Arcadia. Cierto día Arcas se topa  con su madre, que parece reconocerlo y fija en él su negros ojos. Cuando la madre se acerca insegura al hijo, a punto  está de morir atravesada por la flecha que Arcas coloca en su arco tensado, pero el todopoderoso Júpiter impidió el terrible sacrilegio. Arrebatados de la dura tierra, transportados a través del espacio los colocó en el cielo, transformados para siempre en dos constelaciones vecinas de brillantes estrellas, la “Osa Mayor” y "El Boyero" (Boötes o el guardián de la Osa).

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Versión completa del relato de Ovidio

Calisto

El padre omnipotente rodea las enormes murallas del cielo y examina si algo, debilitado por la fuerza del fuego, puede derrumbarse. Una vez que ve que están firmes y con toda su fortaleza, dirige su mirada a la tierra y a los penosos trabajos de los hombres. Su mayor motivo de preocupación es la Arcadia: restablece las fuentes y los ríos que todavía no se atrevían a correr, da césped a la tierra y hojas a los árboles, y ordena que los bosques dañados reverdezcan.

Mientras vuelve allí una y otra vez, se queda prendado de una muchacha de Nonacris y el fuego recibido de la pasión ardió bajo sus huesos. Las ocupaciones de ella no eran ni cardar la lana para hacerla suave ni cambiar la forma de su peinado. Tan pronto el broche sujetaba su vestido y una cinta blanca sus cabellos sueltos, inmediatamente ya había cogido con su mano el ligero venablo o bien el arco y se presentaba semejante a Febe (Diana) y nunca muchacha alguna más querida que esta por la Trivia (Diana) pisó el monte Ménalo. Pero ninguna posibilidad es duradera.

El sol alto ya ocupaba un espacio más allá de la mitad de su recorrido, cuando ella entró en el bosque que ninguna edad había talado. Se quitó entonces la aljaba de los hombros y distendió el arco flexible, y se tumbó en el suelo que cubría la hierba, y presionaba la aljaba de colores con su cabeza apoyada.

Cuando Júpiter la vio cansada y libre de ningún vigilante, dijo: “ciertamente mi esposa no conocerá este robo y si se enterara sus reproches merecen, merecen sin duda la pena”. Inmediatamente se reviste del rostro y vestidos de Diana y dice:

“Oh doncella, parte especial de mis acompañantes, en que montes has estado cazando?”. La muchacha se levanta del césped y dice: salud, diosa, en mi opinión mayor que Júpiter, aunque él mismo me oiga.”  Pero él se ríe y lo oye y se alegra de que sea el preferido y le da besos ni lo debidamente moderados ni que deban ser dados por una doncella.

Cuando ella se disponía a contarle en qué bosque iba a cazar, se lo impide con su abrazo y se delata no sin un acto  criminal. Ella ciertamente se muestra contraria tanto cuanto apenas puede una mujer (ojalá la hubieras visto, Saturnia (Juno); serías ahora más benévola), lucha ella ciertamente, pero ¿a quién podría  vencer una muchacha? ¿quién podría vencer a Júpiter?.

Victorioso, Júpiter se dirige al cielo divino: para ella en cambio  el bosque y la cómplice espesura son motivo de odio.   Al apartar de allí sus pies, casi olvidó recoger su aljaba con sus dardos y el arco que había dejado colgado.

Mas he aquí que acompañada de su coro, Dictina (Diana) está entrando en el alto Ménalo y orgullosa por la matanza de las fieras, la ve y una vez vista la llama; pero huye cuando es llamada y al principio tiene miedo de que sea Júpiter en la figura de ella. Pero después que vio que a la par con ella marchaban las ninfas, comprendió que no había engaño y se sumó al grupo de ellas. Pero, ¡ay! qué difícil  es no delatar el crimen en el rostro!... Apenas levanta los ojos del suelo, ni, como antes acostumbraba, se une al lado de la diosa, ni es la primera de todo el grupo, sino que guarda silencio y da muestras con su rubor del pudor ultrajado. Y si Diana no fuera virgen, habría podido con mil detalles darse cuenta de la culpa; dicen que en cambio las ninfas si se dieron cuenta.

Los cuernos de la luna reaparecían en su novena órbita (en el noveno mes), cuando la diosa, cansada de cazar bajo las llamas de su hermano (el Sol), alcanzó un bosque fresco, por el que corría un arroyo deslizándose entre murmullos y revolvía las límpidas arenas.

Como quiera que alabó el lugar, (le gustó), tocó las aguas con su pie: alabadas también éstas, dijo: todo testigo está lejos;  sumerjamos nuestros cuerpos desnudos en las aguas transparentes”. La Parráside (Calisto) enrojeció. Todas se quitan sus vestidos; una sola busca retrasarlo. Le quitan el  vestido a la vacilante; y una vez quitado, con su cuerpo desnudo, quedó patente su falta criminal. A quien atónita quería esconder su vientre con sus manos, le dijo la Cintia (Diana): “vete lejos de aquí y no manches las sagradas fuentes”, y le ordenó separarse de su grupo.

Hacía tiempo que la esposa del gran Tonante (Júpiter) se había enterado de todo esto y había aplazado un duro castigo para el momento adecuado. Ningún motivo había ya para la demora, pues ya el niño Arcas había nacido de su rival; esto mismo dolió también a Juno.

Tan pronto como dirigió a él su mirada y su cruel intención,dijo: “precisamente sólo me faltaba ya  esto, adúltera, que fueras fértil y con tu parto fuera conocido el agravio y quedase bien atestiguado el deshonor de mi Júpiter. No lo llevarás sin castigo: pues te quitaré la figura con la que te complaces a ti misma, pero también con la que inoportuna complaces a mi marido”.
Dijo, y colocada frente a ella, cogiéndola por los cabellos, la arrojó boca abajo al suelo. Tendía ella suplicante sus brazos; pero sus brazos comenzaron a erizarse de negros pelos  y sus manos a curvarse y a prolongarse con ganchudas uñas, ofreciéndole la función de los pies, y su boca, en otro tiempo alabada por Júpiter, a deformarse con su ancho hocico.

Y le arrebata el poder hablar para que ni los ruegos ni las palabras suplicantes dobleguen su corazón.  Sale de su ronca garganta una voz irritada y amenazadora y llena de terror.

Sin embargo permanece en ella su mente anterior incluso convertida en osa, y manifestando su dolor con su constante gemido, levanta sus manos cual ahora son al cielo y a las estrellas y aunque no puede decirlo, siente que Júpiter es un ingrato.

¡Ah! ¡Cuántas  veces, no atreviéndose a descansar en el bosque solitario, anduvo errante delante de su casa y en los campos en otro tiempo suyos! ¡Ay! ¡Cuántas veces ha sido empujada entre las rocas por los ladridos de los perros y ella, que fue cazadora, huye ahora asustada por el miedo a los cazadores!

Muchas veces se ocultó de la vista de las fieras, olvidando lo que era, y siendo una osa se asustó de ver osos en los montes, y tuvo miedo de los lobos, aunque su padre (Licaón) se encontraba entre ellos.

Y he aquí que llega Arcas, hijo de la Licaonia, que desconoce a su madre, cumplidos ya casi sus quince años. Mientras persigue a las fieras y mientras elige los bosques adecuados y rodea con densas redes los bosques de Erimanto, se encuentra con su madre, que se detuvo al ver a Arcas, y pareció como que le conocía.

El huyó e ignorante tuvo miedo de la que mantenía fijos los ojos sin fin en él y cuando ella intentó avanzar más cerca, estuvo a punto de atravesar su pecho con un dardo mortífero. Lo impidió el todopoderoso y los detuvo al mismo tiempo a ellos dos y al criminal acto, y arrebatados por un rápido viento a través del espacio  vacío los colocó en el cielo y los hizo constelaciones vecinas (la Osa Mayor y Artofilacte o Arturo, el Guardián de la Osa, el Boyero).

Se enfureció Juno, cuando su rival brillaba entre las estrellas, y descendió a la superficie del mar para ver a la blanca Tetis y al anciano Océano, cuyo respeto obliga con frecuencia a los dioses, y les expone cuando le preguntan la causa de su viaje.

Preguntáis por qué yo, la reina de la morada de los dioses, estoy aquí?  Otra es la que tiene el cielo en vez de mí. Mentiría si cuando la noche haya hecho oscuro el cielo,  no veis honradas hace poco en lo alto del cielo, mis ultrajes, como estrellas allí, en donde el último círculo y de más corto recorrido rodea la parte última del eje.  ¿Hay pues motivo por el que alguien no quiera insultar a Juno o me tema ofender a mí, que soy la única que perjudicando a alguien le favorezco?

¡Oh! ¡cuántas cosas grandes he hecho! ¡Cuán grande es mi poder! Prohibí que fuese un ser humano y se la ha hecho diosa. Así impongo yo el castigo a los culpables, así es mi gran poder. ¡Que le restituya  su antigua apariencia y que le quite su rostro de fiera, como ya hizo antes con la argólica Forónide (Io)! ¿Por qué no se casa con ella expulsando a Juno y la coloca en mi lecho y toma a Licaón como suegro?

Pero vosotros, si os afecta el desprecio de la que criasteis ahora ultrajada, apartad a los  Siete Triones (la Osa Mayor) del azul abismo y rechazad a estas estrellas recibidas  en el cielo, como recompensa del adulterio para que una concubina no se bañe en vuestras aguas puras.”

....

t pater omnipotens ingentia moenia caeli
circuit et ne quid labefactum viribus ignis
corruat explorat. Quae postquam firma suique
roboris esse videt terras hominumque labores
perspicit. Arcadiae tamen est impensior illi
cura suae: fontes et nondum audentia labi
flumina restituit dat terrae gramina, frondes
arboribus, laesasque iubet revirescere silvas.
Dum redit itque frequens, In virgine Nonacrina
haesit et accepti caluere sub ossibus ignes.
Non erat huius opus lanam mollire trahendo
nec positu variare comas; ubi fibula vestem,
vitta coercuerat neglectos alba capillos,
et modo leve manu iaculum, modo sumpserat arcum,
miles erat Phoebes: nec Maenalon attigit ulla
gratior hac Triviae. Sed nulla potentia longa est.
Ulterius medio spatium sol altus habebat,
cum subit illa nemus, quod nulla ceciderat aetas.
Exuit hic umero pharetram lentosque retendit
arcus, inque solo, quod texerat herba, iacebat
et pictam posita pharetram cervice premebat.
Iuppiter ut vidit fessam et custode vacantem,
“hoc certe furtum coniunx mea nesciet” inquit,
“aut si rescierit sunt o sunt iurgia tanti.”
Protinus induitur faciem cultumque Dianae
atque ait: “O comitum, virgo, pars una mearum,
in quibus es venata iugis?” De caespite virgo
se levat et “salve numen, me indice”, dixit
“audiat ipse licet maius Iove.” Ridet et audit,
et sibi praeferri se gaudet et oscula iungit
nec moderata satis nec sic a virgine danda.
Qua venata foret silva, narrare parantem
impedit amplexu, nec se sine crimine prodit.
Illa quidem contra, quantum modo femina possit
(adspiceres utinam, Saturnia: mitior esses !),
illa quidem pugnat: sed quem superare puella,
quisve Iovem poterat? — Superum petit aethera victor
Iuppiter: huic odio nemus est et conscia silva.
Unde pedem referens paene est oblita pharetram
tollere cum telis et quem suspenderat arcum.
Ecce, suo comitata choro Dictynna per altum
Maenalon ingrediens et caede superba ferarum
adspicit hanc visamque vocat: clamata refugit,
et timuit primo, ne Iuppiter esset in illa.
Sed postquam pariter nymphas incedere vidit,
sensit abesse dolos numerumque accessit ad harum.
Heu quam difficile est crimen non prodere vultu!
Vix oculos attollit humo, nec, ut ante solebat,
iuncta deae lateri, nec toto est agmine prima,
sed silet et laesi dat signa rubore pudoris;
et nisi quod virgo est poterat sentire Diana
mille notis culpam; nymphae sensisse feruntur.
Orbe resurgebant lunaria cornua nono,
cum dea venatu, fraternis languida flammis,
nacta nemus gelidum, de quo cum murmure labens
ibat et attritas versabat rivus harenas.
Ut loca laudavit, summas pede contigit undas:
his quoque laudatis “procul est” ait “arbiter omnis;
nuda superfusis tingamus corpora lymphis.”
Parrhasis erubuit. Cunctae velamina ponunt:
una moras quaerit. Dubitanti vestis adempta est;
qua posita nudo patuit cum corpore crimen.
Attonitae manibusque uterum celare volenti
“i procul hinc” dixit “nec sacros pollue fontes”
Cynthia; deque suo iussit secedere coetu.
Senserat hoc olim magni matrona Tonantis
distuleratque graves in idonea tempora poenas.
Causa morae nulla est, et iam puer Arcas (id ipsum
indoluit Iuno) fuerat de paelice natus.
Quo simul obvertit saevam cum lumine mentem,
“scilicet hoc etiam restabat, adultera” dixit,
“ut fecunda fores, fieretque iniuria partu
nota, Iovisque mei testatum dedecus esset.
Haud impune feres: adimam tibi nempe figuram,
qua tibi, quaque places nostro, importuna, marito.”
Dixit et adversa prensis a fronte capillis
stravit humi pronam. Tendebat bracchia supplex:
bracchia coeperunt nigris horrescere villis
curvarique manus et aduncos crescere in ungues
officioque pedum fungi, laudataque quondam
ora Iovi lato fieri deformia rictu.
Neve preces animos et verba precantia flectant
posse loqui eripitur; vox iracunda minaxque
plenaque terroris rauco de gutture fertur.
Mens antiqua tamen facta quoque mansit in ursa,
adsiduoque suos gemitu testata dolores
qualescumque manus ad caelum et sidera tollit
ingratumque Iovem, nequeat cum dicere, sentit.
A quotiens, sola non ausa quiescere silva,
ante domum quondamque suis erravit in agris!
A quotiens per saxa canum latratibus acta est
venatrixque metu venantum territa fugit!
Saepe feris latuit visis, oblita quid esset,
ursaque conspectos in montibus horruit ursos
pertimuitque lupos, quamvis pater esset in illis.
Ecce, Lycaoniae proles, ignara parentis,
Arcas adest, ter quinque fere natalibus actis:
dumque feras sequitur, dum saltus eligit aptos
nexilibusque plagis silvas Erymanthidas ambit,
incidit in matrem; quae restitit Arcade viso
et cognoscenti similis fuit. Ille refugit
inmotosque oculos in se sine fine tenentem
nescius extimuit propiusque accedere aventi
vulnifico fuerat fixurus pectora telo.
Arcuit omnipotens pariterque ipsosque nefasque
sustulit, et celeri raptos per inania vento
imposuit caelo vicinaque sidera fecit.
Intumuit Iuno, postquam inter sidera paelex
fulsit et ad canam descendit in aequora Tethyn
Oceanumque senem, quorum reverentia movit
saepe deos, causamque viae scitantibus infit:
“Quaeritis, aetheriis quare regina deorum
sedibus huc adsim? pro me tenet altera caelum.
Mentiar, obscurum nisi nox cum fecerit orbem,
nuper honoratas summo, mea vulnera, caelo
videritis stellas illic, ubi circulus axem
ultimus extremum spatioque brevissimus ambit.
Est vero, cur quis Iunonem laedere nolit
offensamque tremat, quae prosum sola nocendo?
O ego quantum egi! quam vasta potentia nostra est!
Esse hominem vetui: facta est dea. Sic ego poenas
sontibus impono, sic est mea magna potestas.
Vindicet antiquam faciem vultusque ferinos
detrahat, Argolica quod in ante Phoronide fecit.
Cur non et pulsa ducit Iunone meoque
collocat in thalamo socerumque Lycaona sumit?
At vos si laesae tangit contemptus alumnae,
gurgite caeruleo septem prohibete triones
sideraque in caelo, stupri mercede, recepta
pellite, ne puro tingatur in aequore paelex.”

   
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