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NIHIL NOVUM SUB SOLE

1001 hechos, dichos, curiosidades y anécdotas del mundo antiguo

Una fiesta del fuego muy antigua: las Fallas

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La palabra “falla” deriva, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua , de la latina “facula”, que significa “antorcha”. Las Fallas son sin duda las fiestas más importantes de todo el Levante español, que giran esencialmente en torno al fuego destructivo y purificador y se celebran entre el 15 y el 19 de Marzo, festividad de San José.

Como fenómeno de tanta importancia social, las Fallas hab sido evidentemente estudiadas desde distintos puntos de vista: antropológico, sociológico, cultural, histórico…

Sin duda estas fiestas sirven, como todas, para cohesionar a toda una sociedad, que ahora resulta  ya muy compleja. Son fiestas de neto carácter general y democrático, frente a otras varias de carácter más aristocrático. En este sentido suelen contraponerse a las celebraciones más aristocráticas del Corpus.

Estas fiestas tienen un indudable  valor ético y formativo al centrar la atención y la reflexión de los ciudadanos en acontecimientos de la vida social inmediata que son enjuiciados moralmente, puestos en solfa, criticados y condenados con un lenguaje artístico irónico.

Es posible que en sus características actuales o similares estas fiestas no se remonten más allá del siglo XVIII, sin que sean suficientes las explicaciones que generalmente se dan (creación del gremio de carpinteros, etc.), pero no cabe duda de que sus raíces se hunden en una tradición antigua milenaria.

Se relacionan a todas luces con numerosos cultos y ritos del fuego que se ejecutan para finalizar una etapa o año viejo e inaugurar un año nuevo. Se inscriben, pues, en los ritos solares y en los ritos de fertilidad y regeneración de la vida, sobre todo la vegetal, que precisamente se celebran con motivo de la llegada de los equinoccios y solsticios que marcan el inicio de las estaciones del año.

Generalmente consisten en encender hogueras y antorchas en torno a las cuales se danza, sobre las que se salta y cuya luz y fuego se puede trasladar a los hogares, los campos o los establos. En muchos casos se queman peleles de paja o monigotes, sustitutos probablemente de antiquísimos ritos en los que se quemaban a verdaderos hombres o mujeres, encarnación del mal en sus diversas formas.

James Frazer, en su famosa obra “La rama dorada” dedica muchas páginas a estos ritos del fuego, presentes desde la Prehistoria, especialmente en toda Europa.

Los estudiosos hacen fundamentalmente dos interpretaciones. Una línea interpretativa nos dice que son ritos para revitalizar la luz y energía del sol que todos los años languidece y se recupera y de la que depende la vida de la naturaleza vegetal y animal. La otra nos dice que el fuego tiene una gran fuerza purificadora, catárquica, por lo que se utiliza como instrumento para acabar con los diversos males que amenazan al hombre y a la sociedad.

Estas dos interpretaciones pueden coexistir y considerarse útiles para interpretar el sentido de  las “Fallas”, que se celebran cuando ya el invierno va declinando, en el entorno de la primavera en que florece la naturaleza.

En la segunda mitad de marzo la naturaleza ya va despertando en el Levante. Este hecho afianza sin duda la relación originaria de estas fiestas con los antiguos ritos del fuego. Este sentido resulta hoy sin duda poco evidente para la mayoría de las personas que las celebran con absoluto frenesí. Es más evidente, en cambio, la interpretación de que son ritos de purificación que condenan y nos hacen olvidar todo lo que de malo nos ha sucedido en el año que ha finalizado desde la anterior celebración.

Todo esto ha sido, sin duda estudiado y analizado por expertos, como decía, y no me siento suficientemente autorizado para insistir en ello. Quiero simplemente aportar un texto de Luciano de Samósata, de uno de sus diálogos, en concreto el titulado “Sobre la diosa siria”.

Luciano es precisamente un sirio, de Samósata, ciudad situada en la margen derecha del río Eufrates,  que vivió en los años 125-181, por tanto en época romana, pero que escribe en griego. La lectura de este escritor y funcionario entre cínico y epicúreo, que no deja títere con cabeza, es muy recomendable, porque entre otras cosas nos ofrece una visión de la realidad y complejidad del mundo antiguo que raramente aporta el estudio académico de la Antigüedad. En este sentido no encuentro una explicación suficiente para el desconocimiento que generalmente se tiene hoy de él y de su obra.

Pues bien, en el citado “diálogo”, (en realidad en este caso es un monólogo o más bien un artículo descriptivo), “Sobre la diosa Siria”, describe la existencia en su tierra, y en concreto en Hierópolis, de diversos cultos y templos a diversos dioses y diosas. El más importante en su opinión es el templo de Atargatis Hera, en el que hay también numerosas estatuas, entre ellas una pareja de la diosa, la del Zeus sirio o Melkart.

Hierópolis significa “la Ciudad  Sagrada”, está situada al norte de Alepo, a unos 90 kilómetros; en siriaco se llamaba Madog y es la actual Manbi; se le conoció  también como Hierópolis Bambice, o Hierópolis Eufratensis

Entre las diversas ceremonias y ritos que describe hay una que nos ayuda a comprender este carácter de festividad de fertilidad y renovación de la vida, de fiesta de primavera, con la que se pueden emparentar las Fallas. Dice así:

Sobre la diosa siria, 49:

Celebran la más importante de todas las fiestas que yo conozco al principio de la primavera y la llaman unos fiesta del fuego y otros de la antorcha. Hacen un sacrificio de la manera siguiente: cortan grandes árboles y los ponen en el patio, hacen llevar a continuación cabras, ovejas y otras reses vivas y las cuelgan de los árboles; añaden aves, vestidos y joyas de oro y plata y, una vez que lo tienen todo completo, ponen las imágenes de los dioses en torno a los árboles, prenden fuego y todo arde. A estas fiestas acuden muchas gentes procedentes de Siria y de los países circunvecinos y todos llevan sus propios objetos sagrados y todos tienen distintivos hechos a semejanza de estos.

No excesivamente lejos de donde nació Luciano, está Tarso, la ciudad de la que era San Pablo, en la antigua Cilicia, en la llamada Asia Menor, en el cruce de importantes rutas por las que penetran todas las mercancías y todas las ideas.

En ella se conservaba un rito muy antiguo, que nos ayuda a comprender el significado de estos ritos del fuego. En esta ciudad había dos dioses importantes: uno el joven Sandan o Sandon, que se identificó por los griegos con Heracles o Hércules y otro muy antiguo llamado Ball-Tarz (Señor de Tarso), que se identificó con Zeus. Los dos estaban relacionados con la fecundidad de la tierra y sus frutos y sus ritmos estacionales, pero resultaba un dios más cercano y popular Sandan.

Todos los años se celebraba en su honor en la plaza una gran fiesta con cánticos y danzas  Se construía una gran pira en la que se colocaba la estatua del dios que era quemada con toda solemnidad. La ceremonia, al principio de carácter fúnebre, era seguida inmediatamente con la celebración desenfrenada y exultante de la resurrección del dios; así al dolor profundo de los fieles seguía una alegría exultante.

Se representaba así la naturaleza vegetativa que moría bajo los rayos abrasadores del sol para resucita a una vida nueva. Esta es la idea que subyace a todos los cultos mistéricos orientales, que sin duda conocía el judío-griego Pablo de Tarso y en el que sin duda influyó a la hora de integrar el naciente cristianismo en las corrientes religiosas del momento, con notable éxito, por cierto, puesto que se impuso a la religión pagana a partir del siglo IV.

Es vedad que sobre este dios tenemos muy poca información; algunos autores cuestionan incluso que conozcamos con total seguridad que este dios, que muere en la pira funeraria, renazca luego, pero su similitud con otros del entorno geográfico avalan esta interpretación.

En algunas  monedas antiguas de Tarso se representa en el anverso a la diosa de la suerte Tyche y en el reverso la pira sobre la que arde el dios Sandan.
 

Cultos similares a dioses que mueren  y resucitan inmediatamente son los de Atis en Frigia, Adonis en Siria, Osiris en Egipto, Tamuz en Babilonia y otros  análogos en otras partes, todos con el mismo significado. Esto apoya una interpretación similar para el dios Sandan. Cristo es tambén un dios muerto y resucitado.

Dión Crisóstomo (40-120 aproximadamente) (“boca de oro” significa la palabra “Crisóstomo”) hace una irónica referencia a esta fiesta  y a la pira en la que el dios es quemado en su “Pimer discurso társico” o  “Tarsica prior XXXIII, 47:

¿Qué deberíais pensar si, como es razonable esperar (y como los hombres informan) que los héroes o deidades fundadores deban visitar con frecuencia las ciudades que han fundado, invisibles para todos, (incluidos los asistentes a los ritos sacrificiales y en ciertos otros festivales públicos), si, yo os lo pregunto, el propio fundador, Heracles, debe visitaros (atraído, permitidnos que os lo diga, por una pira funeraria como la que construís con especial suntuosidad en su honor),  pensáis que él estaría especialmente contento de escuchar tales sonidos? ¿No partiría inmediatamente para Tracia o para Libia, para honrar con su presencia a los descendientes de Busiris o de Diomedes cuando le hacen sacrificios? ¿Pues qué? ¿No creéis que hasta el propio Perseo pasaría realmente de largo en su vuelo sobre su propia ciudad?

En estos ritos de fertilidad la vida se renueva y de las viejas cenizas, o mejor, de las cenizas de lo viejo, surge la nueva vida, como el Ave Fénix, el mito muy extendido y conocido que simboliza  exactamente lo mismo, aunque ahora su significado se haya generalizado y banalizado a toda acción o realidad que renace de una situación de muerte o postración. El Fénix, que se autoinmola en la hoguera cada quinientos años para renacer de nuevo, es en definitiva el símbolo de la inmortalidad.

Naturalmente que estos antiquísimos rituales agrarios del fuego han sufrido grandes modificaciones y se ha perdido ese simbolismo profundo de renovación y sucesión de los ciclos de la naturaleza en beneficio de una purificación catárquica en la que el fuego acaba con los males del año. Más aún, en nuestro tiempo adquieren especialmente relevancia las críticas  referidas a la vida política de la sociedad; ahora predomina la crítica popular, social, política, moral, en detrimento de cuestionamientos filosóficos más profundos.

Pero si se puede, se debe profundizar en el origen de las cosas . El origen de las fallas, como fiesta del fuego, es desde luego muy antiguo.    

   
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