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NIHIL NOVUM SUB SOLE

1001 hechos, dichos, curiosidades y anécdotas del mundo antiguo

El mito de las edades del hombre (2)

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Es un tópico o lugar común en muchas culturas que la vida del hombre sobre la Tierra comenzó en una época de felicidad y absoluta placidez, luego interrumpida por el amoral comportamiento del hombre, que desde entonces no ha cesado de ir a peor. Estas creaciones no son sólo literarias, sino que forman parte de las ideas del imaginario cultural general.

Este es el conocido mito bíblico del “paraíso terrenal”, cuyo origen, como el de tantos otros, parece ser mesopotámico,  o el de la existencia de maravillosas “islas de los afortunados” o el mito del “buen salvaje” (que es el modelo para los filósofos cínicos y su propuesta de la autarquía o independencia absoluta), o los diversos proyectos de legislación y constituciones de las polis  o el sueño por la “utopía”. Véase  http://es.antiquitatem.com/ucronia-utopia-distopia-historia

También en los primeros momentos de la literatura griega aparece pujante este mito. A él he dedicado el artículo anterior a propósito de una comparación con un texto del Quijote cervantino. Hesíodo es el primer autor griego que nos lo cuenta. Véase: http://es.antiquitatem.com/mito-de-las-edades-del-hombre-quijote

Con frecuencia los antiguos conciben la historia como un ciclo de momentos sucesivos, sin duda impresionados por los ciclos astronómicos y la cíclica reproducción de los movimientos estelares. Esta es una idea bien representada por los estoicos, para quienes cada ciclo acaba con una gran conflagración.

A cada etapa de ese movimiento que eternamente comienza y acaba le llaman “edad”, “aetas”. Piénsese que esta denominación ha tenido absoluto éxito: todavía seguimos dividiendo la Historia en “edades”.

Más todavía, “el mito de las edades” ha sido transpuesto a la Historia de la Literatura; hablamos así de Edad de Oro o Siglo de Oro de la Literatura, por ejemplo Española; o de Edad de Plata de la Literatura, por ejemplo Latina. No reconozco la expresión “Edad de Bronce” referida a la Literatura, tal vez porque la Literatura o es de Oro, como mínimo de Plata, o no es Literatura. Pero ampliando el símil tal vez deberíamos referirnos a buena parte de la “Literatura” actual de bestseller de supermercado como “Edad de Barro” o mejor “de Lodo”, a la vista del nulo valor literario. Aunque debemos ser prudentes con las denominaciones, a fin de cuentas son varios los mitos, paganos y cristianos, que nos hacen a los hombres seres procedentes de humilde barro.

Pues bien, en este contexto surgió el mito de las edades del hombre que nos narró, como decía,  el primero Hesíodo y otros muchos autores.

Hesiodo, que no utiliza el término “edades” sino razas, distingue cinco razas. Muchos años después Arato de Solos (310-240 a.C.) diferencia tres razas también; Virgilio, Tibulo y Horacio en un pasaje hablan de dos; Horacio en otro lugar habla de cuatro.

Arato de Solos (310-240) es autor del famoso poema didáctico astronómico “Fenómenos”, uno de los libros más difundidos y traducidos en la Antigüedad. En los versos  96-136 nos describe la constelación de la Virgen, que es la Justicia, que habitó entre los hombres en los tiempos honrosos y escapó al cielo a la vista de las maldades de los hombres. Este catasterismo (1) sobre la Justicia queda conectado con el mito de las razas o edades. Hesíodo no nos explicaba el origen de cada una de las “edades”; para Arato, que habla también de razas y no de edades y que sólo distingue tres: oro, plata y bronce,  el origen está en la propia maldad humana que es progresiva.

(1) Nota: llamamos “catasteismo” a la conversión o la transformación,  de dioses, seres heroicos,  hechos mitológicos, e incluso principios éticos más tarde,  en astros, en cuerpos celestes del firmamento, en estrellas o conjuntos de estrellas. Se trata de un término técnico o culto griego, compuesto de la preposición kata, κατά (encima, abajo)  y el sustantivo  ἀστήρ, aster,  (estrella, astro).  El término se empleo como título de un librito atribuido al director de la Biblioteca de Alejandría, matemático, geógrafo, astrónomo, médico, filólogo, autor literario,  Eratóstenes,

Arato, Fenómenos, 93-136

La Virgen

Bajo los pies del Boyero puedes observar a la Virgen, que sostiene en la mano una espiga floreciente. Tanto si ella es del linaje de Astreo, de quien dicen los antiguos que es el padre de los astros, como si lo es de algún otro, que siga tranquila su ruta. Pero entre los hombres circula otra versión: que antes vivía en la tierra y venía abiertamente a presencia de los hombres, y no desdeñaba la compañía de los antiguos, hombres o mujeres; antes bien, se sentaba mezclándose con ellos aunque era inmortal. Y la llamaban Justicia: pues congregando a los ancianos en una plaza o en una calle espaciosa, los exhortaba a votar leyes favorables al pueblo. Entonces los hombres todavía no sabían de la funesta discordia, ni de las censurables disputas, ni del tumulto del combate; vivían sencillamente; el peligroso mar quedaba a un lado, y las naves no iban lejos a buscar el sustento, sino que los bueyes, el arado y ella misma, la Justicia soberana de pueblos, suministraba todo abundantemente, ella, la dispensadora de bienes legítimos. Esto duró mientras la Tierra aún alimentaba la raza de oro. Mas con la de plata, poco y de mala gana se relacionaba, pues echaba de menos la manera de ser de los pueblos antiguos. Pero a pesar de ello, todavía estaba presente durante la edad de plata: al atardecer descendía de los montes rumorosos, solitaria, y no se comunicaba con nadie con palabras amables, sino que cuando había cubierto de hombres inmensas colinas, los increpaba entonces censurando su perversidad, y decía que ya no vendría más a la presencia de quienes la llamaran: “¡Cuán degenerada descendencia dejaron vuestros padres de la edad de oro! Pero vosotros engendraréis unos descendientes peores todavía. Entonces ocurrirá que habrá guerras y, de cierto, también muertes impías entre los hombres: el dolor caerá sobre sus faltas”.  Después de hablar así, se encaminaba de nuevo a las montañas y abandonaba a todas aquellas gentes que la seguían todavía con la mirada. Pero cuando aquellos murieron, nacieron éstos, la raza de bronce, hombres aún más perversos que los anteriores, los primeros que forjaron las espadas criminales propias de asaltantes de caminos, los primeros que comieron la carne de los bueyes de labor. Entonces la Justicia sintió aversión por el linaje de aquellos hombres y voló hacia el cielo; y a continuación habitó esta región donde de noche aparece todavía a los mortales como la Virgen, cerca del espléndido Boyero. (Traducción de Esteban Calderón Dorda. Edit. Gredos,1993)

Cicerón tradujo el poema de Arato literalmente. Sólo se conservan fragmentos, unas dos terceras partes, de esa traducción. Además utilizó citas en varias de sus obras, como el ejemplo que  tenemos en  su Sobre la Naturaleza de los dioses (De natura deorum), en el Libro II, 159 (63), al referirse a los bueyes de labor traduce los versos de Arato 129 y ss. , que reproduzco:

¿Qué diré de los bueyes? La misma forma de sus lomos evidencia que no estuvieron destinados a acarrear pesos, mientras que sus cuellos fueron engendrados para el yugo y sus anchos y poderosos hombros para arrastrar el arado. Y empleándolos a ellos fue la tierra sometida a laboreo rompiendo sus terrones pero nunca se usó con ellos ninguna violencia, como dicen los poetas, por parte de los hombres de aquella Edad de Oro:

    “Pero de pronto nació la raza férrea,
    y se atrevió primero a fabricar la funesta espada
   y a gustar del buey atado y domeñado por su mano”

Tan valioso se consideró el servicio que el hombre recibía de los bueyes que comer su carne se consideró un crimen.

“ [159] quid de bubus loquar; quorum ipsa terga declarant non esse se ad onus accipiendum figurata, cervices autem natae ad iugum, tum vires umerorum et latitudines ad aratra †extrahenda. quibus cum terrae subigerentur fissione glebarum ab illo aureo genere, ut poetae loquuntur, vis nulla umquam adferebatur:

ferrea tum vero proles exorta repentest
ausaque funestum primast fabricarier ensem
et gustare manu iunctum domitumque iuvencum:

tanta putabatur utilitas percipi e bubus, ut eorum visceribus vesci scelus haberetur.

Téngase en cuenta que  la comida de carne de buey era un delito:

Cicerón, Germánico y luego Avieno tradujeron al latín la obra de Arato; esto nos da idea del gran éxito que esta obra tuvo en un mundo en el que los astros determinaban la vida de los hombres.

Ovidio nos cuenta que hubo cuatro edades, en  Metamorfosis I,  70-163:

Apenas había de este modo distribuido todas las cosas separándolas unas de otras por barreras fijas, cuando los astros, que durante largo tiempo habían estado soportando el agobio de la densa oscuridad, empezaron a resplandecer en toda la extensión del cielo. Y para que ninguna región estuviera desprovista de los seres vivos que le corresponden, los astros y las formas divinas ocuparon el suelo celeste, cayeron en suerte las aguas a los peces brillantes como lugar de habitación, la tierra recibió a las fieras, a las aves el movedizo aire.

Aún se echaba de menos un ser viviente más noble, más dotado de espíritu sublime y que fuese capaz de ejercer dominio sobre los restantes. Así nació el hombre, ya fuera que el artífice de la naturaleza, como principio de un mundo mejor, lo creara de diversos gérmenes, ya que la tierra flamante y recién separada del éter cimero retuviese aún gérmenes del cielo su pariente; esa tierra que el vástago de Iápeto modeló, mezclándola con aguas de lluvia, hasta darle la figura de los dioses que todo lo gobiernan; y mientras los demás animales están naturalmente incinados mirando a la tierra, dio al hombre un rostro levantado disponiendo que mirase al cielo y que llevase el semblante erguido hacia las estrellas. Así la tierra que antes era un objeto tosco y sin forma, se transformó vistiéndose de figuras humanas antes desconocidas.

La edad de oro fue la creada en primer lugar, edad que sin autoridad y sin ley, por propia iniciativa cultivaba la lealtad y el bien. No existían el castigo ni el temor, no se fijaban, grabadas en bronces, palabras amenazadoras, ni las muchedumbres suplicantes escrutaban temblando el rostro de sus jueces, sino que sin autoridades vivían seguros. Ningún pino, cortado para visitar un mundo extranjero, había descendido aún de sus montañas a las límpidas aguas, y no conocían los mortales otras playas que las suyas. Todavía no estaban las ciudades ceñidas por fosos escarpados; no había trompetas rectas ni trompas curvas de bronce, ni cascos, ni espadas; sin necesidad de soldados los pueblos pasaban la vida tranquilos y en medio de suave calma. También la misma tierra, a quien nada se exigía, sin que la tocase el azadón ni la despedazase reja alguna, por sí misma lo daba todo; y los hombres contentos con alimentos producidos sin que nadie los exigiera, cogían los frutos del madroño, las fresas de las montañas, las cerezas del cornejo, las moras que se apiñan en los duros zarzales, y las bellotas que habían caído del copudo árbol de Júpiter.
Había una primavera eterna, y apacibles céfiros de tibia brisa acariciaban a flores nacidas sin simiente. Pero además de la tierra, sin labrar, producía cereales, y el campo, sin que se le hubiera dejado en barbecho, emblanquecía de espigas cuajadas de grano. Corrían también ríos de leche, ríos de néctar, y rubias mieles  goteaban de la encina verdeante.

Una vez que, después de haber sido Saturno precipitado al Tártaro tenebroso, el mundo estuvo sometido a Júpiter, llegó la generación de plata, peor que el oro, pero más valiosa que el rubicundo bronce. Júpiter empequeñeció la duración de la primavera antigua, haciendo que el año transcurriese, dividido en cuatro tramos, a través de invierno, veranos, otoños inseguros y fugaces primaveras. Entonces por vez primera el aire, encendido por tórridos calores, se puso candente, y quedó colgante el hielo producido por los vientos. Entonces por vez primera penetraron los hombres bajo techado; sus casas fueron las cuevas, los espesos matorrales y las ramas entrelazadas con corteza de troncos. Entonces por primera vez fueron las semillas de Ceres enterradas en largos surcos y gimieron los novillos bajo la opresión del yugo.

Tras esta apareció en tercer lugar la generación de bronce, más cruel de carácter y más inclinada a las armas salvajes, pero no por eso criminal. La última es de duro hierro; de repente irrumpió toda clase de perversidades en una edad de más vil metal; huyeron la honradez, la verdad, la buena fe, y en su lugar vinieron los engaños, las maquinaciones, las asechanzas, la violencia y la criminal pasión de poseer. Desplegaban las velas a los vientos, sin que el navegante los conociese aún apenas, y los maderos que por largo tiempo se habían erguido en las altas montañas saltaron en las olas desconocidas, y el precavido agrimensor señaló con largas líneas las divisiones de una tierra que antes era común como los rayos del sol y como los aires. Y no sólo se exigían a la tierra opulenta cosechas y alimentos que ella debía dar, sino que se penetró en las entrañas de la tierra y se excavaron los tesoros, estímulo de la depravación, que ella había escondido llevándolos junto a las sombras de la Estige. Y ya había aparecido el hierro dañino y el oro más dañino que el hierro; apareció la guerra que combate valiéndose de ambos y con mano sangrienta blande las armas que tintinean. Se vive de la rapiña; ni un huésped puede tener seguridad de su huésped, ni un suegro de su yerno; incluso entre hermanos es rara la avenencia. El marido maquina la ruina de su esposa, y ésta la de su esposo. Madrastras horribles preparan los lívidos venenos del acónito; el hijo averigua antes de tiempo la edad de su padre.

La piedad yace derrotada, y la Virgen Astrea ha abandonado, última de las divinidades al hacerlo, esta tierra empapada en sangre. Y para que el cielo sublime no estuviese más libre de angustia que la tierra, dicen que los Gigantes aspiraron a poseer el reino celestial y que amontonaron las montañas levantándolas hasta los elevados astros. Entonces el padre todopoderoso lanzó su rayo, resquebrajó el Olimpo e hizo que el Pelio se desplomase rodando desde el Osa que lo sostenía. Mientras aquellos cuerpos feroces yacían aplastados por su propia mole, dicen que la Tierra, regada y empapada de la abundante sangre de sus hijos, dio vida a aquel líquido caliente y, para evitar que no subsistiera vestigio alguno de su estirpe, lo convirtió en figuras humanas. Pero también aquella raza despreció a los dioses y fue violenta y avidísima de crueles carnicerías; bien se reconocía que de sangre habían nacido. (Traducción de Antonio Ruiz de Elvira. Colección Alma Mater.CSIC.Madrid)

Vix ita limitibus dissaepserat omnia certis,
cum, quae pressa diu massa latuere sub illa,
sidera coeperunt toto effervescere caelo.
Neu regio foret ulla suis animalibus orba,
astra tenent caeleste solum formaeque deorum,
cesserunt nitidis habitandae piscibus undae,
terra feras cepit, volucres agitabilis aer.

Sanctius his animal mentisque capacius altae
deerat adhuc et quod dominari in cetera posset.
Natus homo est, sive hunc divino semine fecit
ille opifex rerum, mundi melioris origo,
sive recens tellus seductaque nuper ab alto
aethere cognati retinebat semina caeli;
quam satus Iapeto mixtam pluvialibus undis
finxit in effigiem moderantum cuncta deorum.
Pronaque cum spectent animalia cetera terram,
os homini sublime dedit, caelumque videre
iussit et erectos ad sidera tollere vultus.
Sic, modo quae fuerat rudis et sine imagine, tellus
induit ignotas hominum conversa figuras.

Aurea prima sata est aetas, quae vindice nullo,
sponte sua, sine lege fidem rectumque colebat.
Poena metusque aberant, nec verba minantia fixo
aere legebantur, nec supplex turba timebat
iudicis ora sui, sed erant sine vindice tuti.
Nondum caesa suis, peregrinum ut viseret orbem,
montibus in liquidas pinus descenderat undas,
nullaque mortales praeter sua litora norant.
Nondum praecipites cingebant oppida fossae;
non tuba directi, non aeris cornua flexi,
non galeae, non ensis erat: sine militis usu
mollia securae peragebant otia gentes.
ipsa quoque inmunis rastroque intacta nec ullis
saucia vomeribus per se dabat omnia tellus;
contentique cibis nullo cogente creatis
arbuteos fetus montanaque fraga legebant
cornaque et in duris haerentia mora rubetis
et quae deciderant patula Iovis arbore glandes.

Ver erat aeternum, placidique tepentibus auris
mulcebant zephyri natos sine semine flores.
Mox etiam fruges tellus inarata ferebat,
nec renovatus ager gravidis canebat aristis;
flumina iam lactis, iam flumina nectaris ibant,
flavaque de viridi stillabant ilice mella.
Postquam, Saturno tenebrosa in Tartara misso,
sub Iove mundus erat, subiit argentea proles,
auro deterior, fulvo pretiosior aere.
Iuppiter antiqui contraxit tempora veris
perque hiemes aestusque et inaequalis autumnos
et breve ver spatiis exegit quattuor annum.
Tum primum siccis aer fervoribus ustus
canduit, et ventis glacies adstricta pependit.
Tum primum subiere domus (domus antra fuerunt
et densi frutices et vinctae cortice virgae).

Semina tum primum longis Cerealia sulcis
obruta sunt, pressique iugo gemuere iuvenci.
Tertia post illam successit aenea proles,
saevior ingeniis et ad horrida promptior arma,
non scelerata tamen. De duro est ultima ferro.
Protinus inrupit venae peioris in aevum
omne nefas: fugere pudor verumque fidesque;
In quorum subiere locum fraudesque dolique
insidiaeque et vis et amor sceleratus habendi.
Vela dabat ventis (nec adhuc bene noverat illos)
navita; quaeque diu steterant in montibus altis,
fluctibus ignotis insultavere carinae,
communemque prius ceu lumina solis et auras
cautus humum longo signavit limite mensor.

Nec tantum segetes alimentaque debita dives
poscebatur humus, sed itum est in viscera terrae:
quasque recondiderat Stygiisque admoverat umbris,
effodiuntur opes, inritamenta malorum.
Iamque nocens ferrum ferroque nocentius aurum
prodierat: prodit bellum, quod pugnat utroque,
sanguineaque manu crepitantia concutit arma.
Vivitur ex rapto: non hospes ab hospite tutus,
non socer a genero; fratrum quoque gratia rara est.
Inminet exitio vir coniugis, illa mariti;
lurida terribiles miscent aconita novercae;
filius ante diem patrios inquirit in annos.
Victa iacet pietas, et virgo caede madentis,
ultima caelestum terras Astraea reliquit.

Neve foret terris securior arduus aether,
adfectasse ferunt regnum caeleste Gigantas
altaque congestos struxisse ad sidera montes.
Tum pater omnipotens misso perfregit Olympum
fulmine et excussit subiectae Pelion Ossae.
Obruta mole sua cum corpora dira iacerent,
perfusam multo natorum sanguine Terram
inmaduisse ferunt calidumque animasse cruorem,
et, ne nulla suae stirpis monimenta manerent,
in faciem vertisse hominum. Sed et illa propago
contemptrix superum saevaeque avidissima caedis
et violenta fuit: scires e sanguine natos.

 Virgilio se refiere extensamente al mito de las “edades” en cuatro o cuatro o cinco ocasiones. De manera especial lo hace en la famosa IV Egloga, en la que canta un feliz y próximo tiempo. Dedicaré un artículo a esta égloga de la que ahora doy tan sólo cuatro versos en los que se refiere expresamente a las edades del hombre:

A POLIÓN 

Ya llega la última edad de la profecía de Cumas;
Una gran sucesión de siglos nace desde el principio.
Ya regresa la Virgen, ya regresa el reinado de Saturno;
Ya desciende del alto cielo una nueva estirpe.

Tú, casta Lucina, sé favorable con el niño que acaba de nacer,
con el que acabará primero la la raza de hierro
y surgirá por todo el mundo la de oro:
pues ya reina tu Apolo.

Ultima Cumaei venit iam carminis aetas;
magnus ab integro saeclorum nascitur ordo:
iam redit et Virgo, redeunt Saturnia regna;
iam nova progenies caelo demittitur alto.
Tu modo nascenti puero, quo ferrea primum
desinet ac toto surget gens aurea mundo,
casta fave Lucina: tuus iam regnat Apollo.

Nota: Esta égloga fue escrita poco antes del nacimiento de Cristo por lo que los cristianos posteriores le dieron un significado de profecía cristiana. Así por ejemplo la consideraron Lactancio y San Agustín. Pero lo cierto es que casi con toda seguridad está dedicada al hijo recién nacido de Polión, cónsul aquel año.

Virgilio, se refiere también en Geórgicas I, 125-145

Antes de Júpiter ningún colono había sometido los campos;
Ni siquiera era lícito marcar el campo o ponerle límites.
Se lo repartían en común y la propia tierra aportaba
todo generosa sin que nadie lo pidiera.
Pero él (Júpiter) dio su veneno malo a las negras serpientes
y ordenó a los lobos que se dedicaran a la rapiña
y al mar que se removiera,
y sacudió de los árboles los panales de miel y retiró el fuego,
y detuvo los vinos que corrían ampliamente por los ríos,
para que el ejercicio creara en su desarrollo las artes diversas
poco a poco y sacase el fruto del trigo de los surcos
y extrajera  el fuego escondido en las vetas del pedernal.

Entonces por primera vez los ríos sintieron los troncos huecos;
entonces el navegante numeró y dio nombre a las estrellas:
las Pléyades, las Hiades y Arctos (la Osa) la brillante hija de Licaón.
Entonces se aprendió a cazar a los animales con lazos y engañarles
con la liga y rodear los grandes bosques con los perros;
otros golpean ya el ancho río con su profunda red
y otros arrastran su húmeda red por el fondo del mar.

Entonces descubrió la dureza del hierro y la hoja de la ronca sierra,
cuando por primera vez rompían la dura madera con cuñas,
entonces, cuando inventaron las artes diversas.
El duro trabajo vence todas las dificultades
y también la urgente necesidad en los momentos difíciles.
Ceres fue la primera que enseñó a los mortales
a remover la tierra con el hierro, cuando ya faltaban
las bellotas y los arbustos del bosque sagrado
y Dodona negaba el alimento.

Ante Iovem nulli subigebant arva coloni;
ne signare quidem aut partiri limite campum
fas erat: in medium quaerebant ipsaque tellus
omnia liberius nullo poscente ferebat.
Ille malum virus serpentibus addidit atris
praedarique lupos iussit pontumque moveri,
mellaque decussit foliis ignemque removit
et passim rivis currentia vina repressit,
ut varias usus meditando extunderet artis
paulatim et sulcis frumenti quaereret herbam.
Ut silicis venis abstrusum excuderet ignem.
Tunc alnos primum fluvii sensere cavatas;
navita tum stellis numeros et nomina fecit,
Pleiadas, Hyadas, claramque Lycaonis Arcton;
tum laqueis captare feras et fallere visco
inventum et magnos canibus circumdare saltus;
atque alius latum funda iam verberat amnem
alta petens, pelagoque alius trahit humida lina;
tum ferri rigor atque argutae lamina serrae,—
nam primi cuneis scindebant fissile lignum
tum variae venere artes. Labor omnia vicit
inprobus et duris urgens in rebus egestas.
Prima Ceres ferro mortalis vertere terram
instituit, cum iam glandes atque arbuta sacrae
deficerent silvae et victum Dodona negaret.

Y también en los versos finales del libro II de las Geórgicas:

Geórgicas, II 532 y ss.:

Esta vida llevaron en otro tiempo los antiguos Sabinos;
esta llevaron Remo y su hermano, así ciertamente creció Etruria
y así se hizo Roma, la más hermosa de todas las cosa,
la única que rodea sus siete colinas con su muralla.

Antes también del gobierno del rey Dicteo
y antes de que una raza impía se alimentase de los bueyes sacrificados,
el áureo Saturno llevaba esta vida en la tierra;
todavía no se habían oído resonar las trompetas
ni el ruido crepitante de las espadas forjadas en los duros yunques.
Pero nosotros hacemos en nuestro espacio una enorme carrera
y ya es tiempo de soltar nuestro caballo, cuyo  cuello humea de sudor.

Hanc olim veteres vitam coluere Sabini,
hanc Remus et frater, sic fortis Etruria crevit
scilicet et rerum facta est pulcherrima Roma,
535septemque una sibi muro circumdedit arces.
Ante etiam sceptrum Dictaei regis et ante
inpia quam caesis gens est epulata iuvencis,
aureus hanc vitam in terris Saturnus agebat;
necdum etiam audierant inflari classica, necdum
540inpositos duris crepitare incudibus enses.
Sed nos inmensum spatiis confecimus aequor,
et iam tempus equum fumantia solvere colla.

Nota: en Virgilio el trabajo no es un castigo de Jupiter, sino la fuente de la civilización.

Horacio al final de su Epodo XVI habla de tres edades, omitiendo la de plata:

Epodos, XVI, 57 y ss.

Aquí no ha llegado la nave de pino queremos argos
movieron ni en ella la impúdica Cólquide:
hacia acá no torcieron sus vergas jamás los marinos sidonios
ni la compañía paciente de Ulises.
Júpiter este lugar reservado dejó a las personas piadosas
al hacer del siglo de oro, adulterándolo
con hierro y con bronce, edad triste a la cual yo soy vate que auguro
que podrán los hombres píos escapar.

(Traducción de Manuel Fernández Galiano, Edit. Cátedra)

non huc Argoo cntendit rémige pinus,
neque impudica Cochis intulit pedem;
non huc Sidonii torserunt cornua nautae
laboriosa nec cohors Vlixei:
Iuppiter illa piae secrevit litora genti,
ut inquinavit aere tempus aureum;
aere, dehinc ferro duravit saecula, quórum
piis secunda vate me datur fuga.


Horacio en otro pasaje se refiere a la degeneración progresiva de las generaciones humanas (nuestros abuelos, nuestros padres, nosotros y nuestros hijos, cada generación peor que la anterior) en Carmina, III, 6, 45 y ss.:

… ¿Por qué no cambian
estos penosos tiempos? Los paternos,
peores ya que los de nuestro abuelo,
malos nos parieron y autores
de descendientes aún mas viciosos.

damnosa quid non imminuit dies?
aetas parentum peior avis tulit
nos nequiores, mox daturos
progeniem vitiosiorem.

El poeta latino Albio Tibulo (50-19 a. C.) reduce las edades a dos: la Edad de Saturno, en que el amor era libre, y la de Júpiter con la violencia, la propiedad privada y el robo

Tibulo (50 a. C. - 19 a. C) .Elegías, I,3,35-66

¡Qué bien vivían (los hombres) en el reinado de Saturno,
antes de que la tierra se hiciera un espacio abierto con largos caminos!
Cuando las naves de pino todavía despreciaban las cerúleas olas
y no ofrecían a los vientos sus velas desplegadas.
Ni el errante marinero buscando su ganancia por tierras extrañas
había cargado su barco de mercancías extranjeras.
En aquel tiempo el fuerte toro no soportó el yugo
ni el caballo mordía el freno con su boca domada.
Ninguna casa tenía puertas, ni había piedra alguna
clavada en los campos, que marcase las fincas con lindes seguros.
Las propias encinas daban miel y las ovejas ofrecían
voluntariamente sin temor sus ubres llenas de leche.
Ni había ejército, ni ira ni guerras, ni un cruel herrero
había inventado la espada con su arte cruel.
Ahora, bajo el dominio de Júpiter, siempre muerte y heridas.
Ahora el mar y otros mil modos repentinos de morir.
Perdóname, padre, porque no me asustan temeroso
los perjurios ni palabras impías contra los santos dioses.
Por lo que si ya he completado los años de mi destino,
permíteme que coloque sobre mis huesos una lápida con estas palabras:
“Aquí yace Tibulo, consumido por una muerte cruel,
mientras seguía a Mesala por tierra y por mar”.
Pero a mí, porque siempre he sido dócil al tierno Amor,
la misma Venus me conducirá a los Campos Elíseos.
Allí reinan las danzas y los coros, y marchando de un sitio a otro,
las aves hacen sonar su dulce canto de su frágil garganta.
La tierra sin cultivar produce el cinamomo y por todo el campo
florece la tierra generosa con sus rosas olorosas.
Y el grupo de jóvenes se alegra mezclado con las tiernas muchachas
y el Amor libra continuamente sus batallas.
Allí está el amante al que le ha sorprendido la muerte ávida
y lleva una corona de mirto sobre sus cabellos.
Pero queda escondida en la noche profunda la estancia criminal,
a cuyo alrededor resuenan los negros ríos.
Y se enfurece  Tisifone enlazada por salvajes serpientes en lugar de cabellos,
y la turba impía huya por aquí y por allá.
Luego, en la puerta , el negro Cerbero, con su garganta de serpientes,
silba y vigila ante las puertas de bronce. 

Quam bene Saturno vivebant rege, priusquam
Tellus in longas est patefacta vias!
Nondum caeruleas pinus contempserat undas,
Effusum ventis praebueratque sinum,
Nec vagus ignotis repetens conpendia terris
Presserat externa navita merce ratem.
Illo non validus subiit iuga tempore taurus,
Non domito frenos ore momordit equus,
Non domus ulla fores habuit, non fixus in agris,
Qui regeret certis finibus arva, lapis.
Ipsae mella dabant quercus, ultroque ferebant
Obvia securis ubera lactis oves.
Non acies, non ira fuit, non bella, nec ensem
Inmiti saevus duxerat arte faber.
Nunc Iove sub domino caedes et vulnera semper,
Nunc mare, nunc leti mille repente viae.
Parce, pater. timidum non me periuria terrent,
Non dicta in sanctos inpia verba deos.
Quodsi fatales iam nunc explevimus annos,
Fac lapis inscriptis stet super ossa notis:
‘Hic iacet inmiti consumptus morte Tibullus,
Messallam terra dum sequiturque mari.’
Sed me, quod facilis tenero sum semper Amori,
Ipsa Venus campos ducet in Elysios.
Hic choreae cantusque vigent, passimque vagantes
Dulce sonant tenui gutture carmen aves,
Fert casiam non culta seges, totosque per agros
Floret odoratis terra benigna rosis;
Ac iuvenum series teneris inmixta puellis
Ludit, et adsidue proelia miscet Amor.
Illic est, cuicumque rapax mors venit amanti,
Et gerit insigni myrtea serta coma.
At scelerata iacet sedes in nocte profunda
Abdita, quam circum flumina nigra sonant:
Tisiphoneque inpexa feros pro crinibus angues
Saevit, et huc illuc inpia turba fugit.
tum niger in porta serpentum Cerberus ore
stridet et aeratas excubat ante fores.

Juvenal,  para quien bajo Saturno se vivía de manera sencilla, en Sátira, VI, 1-20

Yo creo que en el reinado de Saturno, el pudor permanecía en la tierra, en donde fue mucho tiempo vista, cuando la fría cueva ofrecía un pobre cobijo y un fuego y un hogar y encerraba con su sombra común a los ganados y a sus dueños, cuando la rústica esposa extendía el rústico lecho de hojas y paja y pieles de sus fieras vecinas, de manera nada semejante a ti, Cintia, a ti, cuyos reluciente ojos ha enturbiado la muerte de un pajarillo, pero ofreciendo sus pechos a mamar a niños ya grandes y con frecuencia más desaliñada que su marido eructando bellotas.

Porque entonces cuando el mundo era nuevo y el cielo reciente vivían de otro modo los hombres que, nacidos de una encina abierta o formados de barro, no tenían padre alguno.

Tal vez en el reinado de Júpiter sobreviviesen muchos o al menos algún vestigio del antiguo pudor, pero cuando a Júpiter todavía no le había crecido la barba, cuando los griegos todavía no habán aprendido a jurar por la cabeza de otro, cuando nadie temía al ladrón de sus coles o de sus manzanas y vivía en un jardín abierto.

Después poco a poco Astrea se fue retirando hacia el cielo con este (el pudor) como su compañero, e igualmente huyeron las dos hermanas.

Antiguo y arraigada  es, Póstumo, la práctica de sacudir el lecho ajeno y despreciar el Genio (espíritu) del sagrado diván. Pronto la edad de hierro trajo todos los restantes crímenes, pero los siglos de plata vieron los primeros adulterios.

Nota: Juvenal, el poeta satírico de la saeva indignatio, del cruel despecho, no se resiste a desmitificar el mito cuando en el inicio de esta Sátira contrapone el ambiente de primitiva felicidad y naturalidad a  “la madre amamantando desgreñada y al marido eructando bellotas”

Credo Pudicitiam Saturno rege moratam
in terris uisamque diu, cum frigida paruas
praeberet spelunca domos ignemque laremque
et pecus et dominos communi clauderet umbra,
siluestrem montana torum cum sterneret uxor              
frondibus et culmo uicinarumque ferarum
pellibus, haut similis tibi, Cynthia, nec tibi, cuius
turbauit nitidos extinctus passer ocellos,
sed potanda ferens infantibus ubera magnis
et saepe horridior glandem ructante marito.              
quippe aliter tunc orbe nouo caeloque recenti
uiuebant homines, qui rupto robore nati
compositiue luto nullos habuere parentes.
multa Pudicitiae ueteris uestigia forsan
aut aliqua exstiterint et sub Ioue, sed Ioue nondum              
barbato, nondum Graecis iurare paratis
per caput alterius, cum furem nemo timeret
caulibus ac pomis et aperto uiueret horto.
paulatim deinde ad superos Astraea recessit
hac comite, atque duae pariter fugere sorores.              
anticum et uetus est alienum, Postume, lectum
concutere atque sacri genium contemnere fulcri.
omne aliud crimen mox ferrea protulit aetas:
uiderunt primos argentea saecula moechos.

   
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