Hipatia desengaña a un atolondrado joven enamorado
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Hipatia desengaña a un atolondrado joven enamorado

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Un joven discípulo de Hipatia confesó a su maestra su encendido amor a causa de su belleza, pero la maestra le desengañó contundentemente sobre la verdad de la belleza y su mera apariencia.

Esta anécdota que desarrollaré a continuación me recuerda otra con cierto parecido acaecida en Madrid en época de los Austrias.

Todas las grandes ciudades albergan una “sub urbe” o mundo subterráneo de galerías, pasadizos, túneles y conducciones diversas. Una de las primeras conducciones de gran envergadura y solidez es, por ejemplo, la “Cloaca Máxima” de Roma construida por para sanear el valle pantanoso del “foro”.

Madrid, capital de España, está, como Roma, edificada sobre “siete colinas” y como toda gran ciudad, esta horadada por centenares de kilómetros de galerías y conducciones con diversa finalidad. Sobre muchas de ellas existen narraciones y relatos fantásticos, plenos de imaginación a veces, y en otras ocasiones con fundamento histórico, por curioso que nos parezca.

Entre esos túneles siempre han generado gran curiosidad los que unían los castillos palacios con salidas al exterior de las murallas o con entradas en recintos especiales. Uno de los más curiosos en Madrid es el al parecer unía el Alcázar de los Austrias, antecedente del actual Palacio Real,  con el convento de la Encarnación. Por él se desplazaban los reyes para asistir a los oficios religiosos. Según una de esas narraciones apócrifas o imaginativas,  el rey Felipe IV entre otras cosas transitaba el túnel para visitar a una hermosa novicia del convento San Plácido por la que se sentía atraído. La novicia encontró un método eficaz para acabar con el acoso de lúbrico monarca: pidió que, ante la visita del monarca,  se le vistiese con la mortaja de difunta y fuese colocada en un ataúd  iluminado por los hachones funerarios fingiendo su muerte.

Recuerda esta anécdota, ficticia o real, como decía, otra menos extrema atribuida a la famosa filósofa y matemática Hipatia de Alejandría, víctima de la intransigencia de un grupo de cristianos del siglo V en el marco de conflictos religioso-sociales, alimentados  por la intransigencia de algunos líderes como el obispo  Cirilo. Hipatia fue brutalmente asesinada  en el año 415. Su figura, olvidada durante mucho tiempo, fue luego y aún es ahora objeto de diversas y contrarias interpretaciones, de las que probablemente hablaré en otra ocasión y de interés por los modernos medios de comunicación y arte (recordemos la famosa película Ágora de Alejandro Amenabar estrenada en el año 2009 con notable éxito, a pesar de los también notables errores históricos.

Pues bien, Hipatia unía a su condición de mujer, la de sabia, ilustrada, filósofa,  y también la de virgen  y virgen y bella.  La virginidad  le venía en parte impuesta por su dedicación absoluta a la ciencia y a la reflexión filosófica, que exigen una continua atención. Además por su orientación filosófica neoplatónica estaba interesada en el mundo ideal de las ideas y no en el de la mísera materia.

Se cuenta que un atolondrado e inexperto joven, locamente enamorado de ella, insistía en sus pretensiones amorosas. Hipatia le hizo ver su condición de ser mortal e imperfecto, a semejanza de la monja aunque con un método menos drástico: le mostró al joven el paño higiénico con  el que la joven limpiaba la sangre menstrual que mensualmente, como el nombre indica, expele la condición femenina de la mujer fértil, diciéndole:  “querido joven, esto  es en realidad lo que tú amas, no la belleza en sí misma” o  según otra versón “esto es lo que tú amas,joven, y no es nada bello”.

La anécdota nos la cuenta el ateniense Damascio, en su obra Alexandría:

Acostumbraba a ponerse su manto de filósofa y pasear por medio de la ciudad interpretando públicamente a Platón y a Aristóteles, y las obras de algunos otros filósofos para quienes deseaban escucharla. Además de su habilidad en la enseñanza, destacaba en el pináculo de la virtud. Era justa y casta y permaneció siempre virgen. Era tan bella y bien constituida que uno de sus discípulos se enamoró de ella y al ser incapaz de controlarse a sí mismo, le mostró un signo de su encantamiento. Hipatia, intentó, sin conseguirlo, calmarle mediante la música. En realidad ella cogió unos  paños que había manchado con la menstruación y dijo "esto es lo que tú amas, joven, y esto no es bello". Él se sintió tan avergonzado y asustado ante la horrible visión que experimentó un cambio en su corazón y se convirtió rápidamente en un hombre mejor.

Así era Hipatia, tanto inteligente y elocuente en sus discursos como cortés en sus actuaciones. La ciudad entera la quería sin lugar a dudas y le tenía gran veneración, pero los gobernantes de la ciudad la envidiaron desde el principio, algo que frecuentemente ocurría en Atenas también. Pues si la filosofía había perecido, sin embargo, su nombre aún parecía venerable y magnífico a los hombres que ejercían de líderes en el Estado (Alexandria2: 1 993, 57-58)

Nota: El texto lo reproduce Amalia González Suarez, que lo publica por primera vez en La otra Historia. Ed. Tertulia Feminista les Comadres, Gijón, 2003. La autora  Maria Dzielska, autora de Hipatia de Alejandría  (Ed.Siruela)  localiza la cita en Damascio, frag. 102, pag-77.15-17 .

También la Suda (enciclopedia bizantina en griego del siglo X con más de 30.000 entradas), dice en la palabra  Hypatia, Ὑπατία:

A su condición de maestra añadió  el permanecer virgen, alcanzando la más alta virtud práctica, siendo justa y prudente. Era tan  hermosa y atractiva que uno de los jóvenes que asistían  a sus lecciones se enamoró de ella. El no fue capaz de contener su deseo y le informó de su enamoramiento. Informes que no conocen la verdad, dicen que Hipatia lo liberó de su pasión con la música, pero la verdad es que la música no consiguió  ningún efecto. Ella le presentó  algunos de sus trapos de mujer (con la sangre menstrual) , y los arrojó delante de él, mostrándole los signos de su origen impuro, y dijo: "De esto estás enamorado, joven,  y no hay nada hermoso en ello." (Suda en línea, Upsilon 166)

La anécdota puede parecer grotesca, pero aumenta su posibilidad si consideramos el interés por la filosofía neoplatónica de Hipatia. El paño higiénico es el símbolo de la materialidad e imperfección del cuerpo femenino frente a la perfección de la belleza en sí que busca la filósofa.  Curiosamente, el nombre Hypatia significa etimológicamente “la perfecta, la excelsa, la elevada”. Naturalmente, hoy es muy diferente la consideración de la materia frente al espíritu  y de la perfección o imperfección del cuerpo femenino. Las ideas sólo se pueden explicar y comprender en su contexto histórico.

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