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NIHIL NOVUM SUB SOLE

1001 hechos, dichos, curiosidades y anécdotas del mundo antiguo

“La experiencia, madre de las ciencias” (El Quijote I 21)/ “Magister dixit”. “Roma locuta, causa finita”

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Como es lógico, la experiencia se adquiere con la práctica y ésta necesita del tiempo; por lo tanto la experiencia es propia de personas de cierta edad. Es justamente la repetición de la acción y el recuerdo de lo hecho y de la forma en que se hizo lo que proporciona “el saber” al hombre. A ello han de añadirse la necesidad de cohesión del grupo social frente a una vida y subsistencia difícil. Todo ello explica en gran parte el respeto y consideración a la “autoridad” de los mayores.

Lejos de mi intención el minusvalorar la participación de la juventud en la vida social, incluidos los puestos y lugares de responsabilidad directiva. En el contexto actual, sobre todo el político, una actitud tal, además de incomprendida, sería suicida.

Lejos de mí también la propuesta de cualquier gerontocracia o gobierno de los mayores (γέρων, γεροντος, geron, gerontos, anciano). Pero hoy día, en que tantos principios han caído, uno de los que lo han hecho más estrepitosamente ha sido el llamado “principio de autoridad”, por el que hasta ahora se reconocían valores tales como la experiencia, el conocimiento acumulado, la adecuada y proporcionada reacción ante situaciones inesperadas, etc.

La “auctoritas”, la “autoridad” es la cualidad que en el mundo antiguo, y también en el actual, fundamenta y da fuerza y prestigio a numerosos actos, entre otros a muchos actos jurídicos. La auctoritas es la cualidad del auctor, y el auctor (del verbo aucto y este de augeo, aumentar, favorecer…) es el que da su aprobación, su apoyo al acto de otra persona, porque ese auctor goza del prestigio.

En el primitivo mundo romano el prestigio venía dado por el asentimiento de los dioses, porque tenía  el “augurio” o aprobación divina. En virtud de ese poder  el padre da su auctoritas al matrimonio de la hija, o los comicios la dan a algunos pactos firmados, o el sacerdote fija el espacio de lo sagrado, o el juez fija lo legítimo.

Es fácil comprender cómo de este significado se generalizó y pasó a referirse a la “autoridad moral” o confianza que inspira y produce una persona sobre las otras.

Es verdad que en la Antigüedad y prácticamente hasta ayer, el poder, incluido el formal, lo acapararon y monopolizaron los padres, los mayores. Esa era la sociedad patriarcal, que  excluía a los jóvenes y también a las mujeres.

Generalmente en las primitivas culturas tribales el “consejo de ancianos” es una institución esencial. Esa institución se transformó y adaptó, dando lugar a instituciones que mantenían y conservaban algunas de las principales características. Así  la asamblea de ancianos de Esparta, llamada precisamente “gerousia”  (del griego γερουσία,de γέρων, γεροντος, geron,gerontos, anciano), formada por treinta miembros, 28 ancianos elegidos no menores de sesenta años (edad entonces muy elevada) y los dos reyes existentes. Era un tribunal supremo judicial y un consejo militar.

En Roma la institución más poderosa, que realmente gobernaba aunque no detentaba ningún poder ejecutivo, es el “senado”, o asamblea de ancianos, senes, los mayores, nuestros “seniors”. 

En todas las culturas han sido similares el papel y el poder de los “mayores”. Y en todas se ha producido la llamada “cuestión o lucha generacional”. En ninguna como en la nuestra se ha producido tal devaluación de la “senectud” que expulsa del mundo laboral a maduros profesionales bien experimentados de 50 años o a brillantes mentes universitarias de unos pocos más, con suerte 65, muchas veces en el mejor momento de producción intelectual. Digo sesenta y cinco años, porque es la fecha obligatoria en que se produce la “muerte” administrativa.

Desde luego contrasta esta triste realidad con el respeto reverencial y mítico en el que eran educados los niños y jóvenes romanos, de lo que puede ser expresión el texto de Juvenal, un ácido satírico romano que vivió entre los años 60 y 128 de nuestra era, que aparece en su Sátira XIII, 53-59, cuando se refiere a la primera edad de los hombres:

La maldad fue algo sorprendente en aquel siglo, en que creían que era un  sacrilegio grande que debía ser expiado con la muerte, el que un joven no se levantara ante un viejo, o un niño ante una persona ya con barba, aunque en su propia casa viera más  bayas y  un montón de bellotas. ¡Tan venerable era adelantar a uno en cuatro años y hasta tal punto la primera barba se equiparaba a la sagrada vejez.

Nota: En aquella primitiva y feliz época sin maldad los hombres se alimentaban naturalmente de las bayas o fresas silvestres y de las bellotas que recogían. Por otra parte conviene saber que la niñez duraba aproximadamente hasta los catorce años, cuando aparecía la primera pelusa de la barba y empezaba la adolescencia que duraba hasta los treinta y la juventud hasta los cuarenta o cuarenta y cinco.

inprobitas illo fuit admirabilis aeuo,
credebant quo grande nefas et morte piandum
si iuuenis uetulo non adsurrexerat et si              
barbato cuicumque puer, licet ipse uideret
plura domi fraga et maiores glandis aceruos;
tam uenerabile erat praecedere quattuor annis
primaque par adeo sacrae lanugo senectae.

En fin reconozco que estos temas son muy propicios para la polémica, que no rehúyo, por supuesto. Como sé que poco influjo tendrá el texto de Aristóteles que a continuación reproduzco; texto nada confuso ni preñado de genialidad; tan sólo expresión de un mínimo sentido común.

Aristóteles (384-322 a.C.) fue discípulo de Platón y profesor de Alejandro Magno. Fue el creador del primer gran sistema filosófico, precisamente del que más ha influido en la cultura occidental durante más de dos mil años. En ese sistema estudia el mundo físico (Física), el ser las causas de las cosas (Metafísica) y al propio hombre y su comportamiento (Etica).  Su obra más importante sobre el comportamiento del hombre es la llamada Etica Nicomáquea (Etica para Nicómaco, que era su hijo).

Como dice Aristóteles, todo ser, toda acción tiende al “bien” y el bien consiste en la “virtud” que no es sino el desarrollo pleno de las potencialidades que cada ser tiene. El joven tiene enormes potencialidades, entre otras cosas porque no ha dispuesto todavía del tiempo necesario para desarrollarlas. Así que no debe extrañarnos el enorme deseo también que muchos “senes” tienen de recuperar su juventud. Los mitos  que ilustran este deseo de “eterna juventud” también son umerosos  y generales en todas las culturas. Los comentaré en otra ocasión.

Bien, aún a riesgo de ser “incorrecto” citaré, pues, un fragmento de la obra de Aristóteles, de su Ética Nicomáquea, 1095a:

Por otra parte, cada uno juzga bien aquello que conoce, y de estas cosas es un buen juez; pues, en cada materia juzga bien el instruido en ella y, de una manera absoluta, el instruido en todo. Así, cuando se trata de la política, el joven no es un discípulo apropiado, ya que no tiene experiencia de las acciones de la vida, y los razonamientos parten de ellas y versan sobre ellas; además, siendo dócil a sus pasiones, aprenderá en vano y sin provecho,  puesto que el fin de la política no es el conocimiento, sino la acción. Y poco importa si es joven en edad o de carácter juvenil; pues el defecto no radica en el tiempo, sino en vivir y procurar todas las cosas de acuerdo con la pasión. Para tales personas el conocimiento resulta inútil, como para los incontinentes; en cambio para los que orientan sus afanes y acciones según la razón, el saber acerca de estas cosas será muy provechoso. (Traducción de Julio Pallí Bonet. Para Editorial Gredos).

Bien, el argumento de Aristóteles y su generalización no son aceptables, por supuesto. También es muy distinta la percepción que hoy se tiene de la brecha generacional entre jóvenes y mayores con la que se tenía en la antigüedad.

El argumento nos dice que el joven no tiene un conocimiento de la Ética porque su adquisición requiere experiencia que no tiene; pero va más allá y dice que aunque obtuviera ese conocimiento tampoco le serviría, porque los jóvenes se dejan llevar de las pasiones y de los apetitos. 

Cualquier experiencia es un hecho subjetivo y por tanto toda generalización en este asunto no puede sino producir grandes errores. Por otra parte la intensidad de las experiencias y el desarrollo de la personalidad de cada individuo también son personales y diferentes en cada uno. Pero es también evidente que la experiencia, y por tanto la repetición de las acciones, es absolutamente necesaria para adquirir el conocimiento y las destrezas para tomar decisiones adecuadas en cuestiones políticas. Es posible que la duración de los tiempos generacionales hoy se hayan acortado enormemente y haya jóvenes cuya “maduración” se produzca en muy poco tiempo porque la experiencia o su condición personal es especial.

En todo caso el aprendizaje es una adquisición que la persona ha de realizar con los instrumentos que naturalmente tiene, es decir, con su propia razón y esto no puede ser sustituido por ninguna autoridad externa ni por la confianza que genera otro individuo.

Parece ser que entre los miembros del convento filosófico pitagórico era tal la autoridad y respeto por el fundador, por Pitágoras, que a cualquier cuestión que se les planteara recurrían al “ipse dixit”, “él mismo (Pitágoras) lo dijo así”. La frase es el equivalente del “magister dixit”, “el maestro lo dijo”. 

Similar es también la frase con la que se hace valer la fuerza de la autoridad eclesiástica: “Roma locuta, causa finita”, “lo ha dicho Roma, se acabó la discusión”. Claro que tratándose de dogmas y milagros quizás no haya otra vía de asegurar la creencia, despreciando a la razón y la lógica, que sin pudor ninguno se afirma que es “lo que de más divino” tiene el hombre.

Es interesante el siguiente texto de Cicerón, de su obra “Sobre la Naturaleza de los dioses”. En el libro primero expone y rechaza la opinión  de los epicúreos, defensores a ultranza de la fuerza de la razón, en el asunto de la existencia, naturaleza  y atención de los dioses.

Cicerón,  De natura deorum, I, 5 (10):

No obstante, los que quieren conocer mi opinión personal sobre las diversas cuestiones manifiestan un grado de curiosidad que va más allá de lo necesario; pues en la discusión, hay que buscar no tanto el peso de la autoridad como la fuerza de la argumentación. Más aún, la mayor parte de las veces la autoridad de los que hacen profesión de enseñar es un estorbo para los que quieren aprender; dejan en efecto, de emplear su propio juicio y admiten como seguro lo  que ven juzgado ya por el maestro a quien dan su aprobación. Y, por lo demás, no suelo yo aprobar eso que tradicionalmente vemos atribuido a los pitagóricos, los cuales, cuando se les pregunta por las razones de cualquier proposición que ellos formulen en la discusión, se dice que suelen responder “Él mismo lo dijo así” (Ipse dixit)y que ese “él mismo” era Pitágoras: podía tanto una opinión ya prejuzgada, que la autoridad  tenía valor aun sin estar apoyada por la razón.

Qui autem requirunt quid quaque de re ipsi sentiamus, curiosius id faciunt quam necesse est; non enim tam auctoritatis in disputando quam rationis momenta quaerenda sunt. quin etiam obest plerumque iis qui discere volunt auctoritas eorum qui se docere profitentur; desinunt enim suum iudicium adhibere, id habent ratum quod ab eo quem probant iudicatum vident. nec vero probare soleo id quod de Pythagoreis accepimus, quos ferunt, si quid adfirmarent in disputando, cum ex iis quaereretur quare ita esset, respondere solitos “ipse dixit”; ipse autem erat Pythagoras: tantum opinio praeiudicata poterat, ut etiam sine ratione valeret auctoritas.

La frase “magister dixit” la emplearon con profusión los escolásticos durante la Edad Media para hacer valer la opinión de Aristóteles, a la manera como hacían los pitagóricos, según el texto de Cicerón.

Roma locuta est”, “Roma locuta, causa finita”  o la frase completa “Roma locuta est, causa finita est”  se cita como un argumento que utiliza el Vaticano para fijar  la infalibilidad del papa, que por cierto no se estableció hasta el Concilio Vaticano I de 1870, siendo cuestionado entonces y hoy por notables teólogos,  como actualmente Hans Küng, a quien se le prohibió seguir enseñando teología católica .
  
La frase no aparece como tal, con esta forma,  sino que es una síntesis del pensamiento de San Agustín (354-430). La afirmación más parecida es la que aparece en Sermo CXXXI,10. A propósito de la cuestión del Pelagianismo, en un sermón predicado en Cartago el 23 de septiembre del año 417, San Agustín considera que  ese asunto no debe ser reabierto.

Hermanos míos, compadeceos conmigo. Cuando encontréis a tales (personas) no los ocultéis, no haya en vosotros una perversa misericordia: cuando los encontréis ante vosotros, no los ocultéis. Discutid con los que hablan en contra (de la gracia), y traed ante nosotros a los que se resistan.). Dos concilios ya han enviado sus informes a la Sede Apostólica y sus respuestas ya han llegado de ella. El caso está finalizado; ojalá acabe alguna vez el error. Así pues avisamos para que se den cuenta, enseñamos para que nos informen, rezamos para que cambien.  Convertidos al Señor…

Fratres mei, compatimini mecum. Ubi tales inveneritis, occultare nolite, non sit in vobis perversa misericordia: prorsus ubi tales inveneritis, occultare nolite. Redarguite contradicentes, et resistentes ad nos perducite. Iam enim de hac causa duo concilia missa sunt ad Sedem Apostolicam: inde etiam rescripta venerunt. Causa finita est: utinam aliquando finiatur error! Ergo ut advertant monemus, ut instruantur docemus, ut mutentur oremus. Conversi ad Dominum...

Bien, la razón ha de imponerse en cada caso, pero también esa misma razón exige  no arrumbar y retirar a un rincón inútil a personas mayores con una experiencia acreditada y con una capacidad de decisión insuperable. A fin de cuentas diremos como D. Quijote a Sancho en I, 20:

- Paréceme,  Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todo son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: “Donde una puerta se cierra, otra se abre”.

La misma idea repite Cervantes en Quijote, II, 67.
 

   
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