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NIHIL NOVUM SUB SOLE

1001 hechos, dichos, curiosidades y anécdotas del mundo antiguo

Los eclipses anuncian sucesos extraordinarios II)

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Ya hemos visto más en la prinmera parte de este largo artículo cómo creen algunos que los astros caen por efecto de alguna bruja. Pero también hay quien intenta una explicación más científica.

Por ejemplo, concebidos los astros como seres vivos, se puede pensar que tienen enfermedades, se debilitan y hasta pueden morir. Así lo explica por ejemplo Lucrecio  (99-ca. 55 a.C.) en su poema De rerum natura V, vv. 751-770):

Debes pensar igualmente que son diversas las causas que pueden explicar los eclipses del sol y los ocultamientos de la luna. Pues, ¿por qué la luna ha de ser capaz de interceptarnos la luz del sol, interponiendo su alta cabeza entre éste y la tierra, y oponiendo su oscuro disco a los ardientes rayos, y no puede hacer lo mismo y en el mismo momento un cuerpo distinto que se deslizara por el cielo, privado siempre de luz?

Y el sol, ¿no podría en un momento dado perder, agotado, sus fuegos para crear de nuevo su lumbre, cuando entra en regiones de la atmósfera enemigas de las llamas, que extinguieran e hicieran perecer sus fuegos?

Y ¿por qué la tierra ha de poder despojar a su vez de lumbre la luna y, estando ella encima, retener el sol sujeto, mientras la luna en su curso mensual se desliza entre los tajantes límites del cono de sombra, y no ha de poder otro cuerpo, en el mismo momento, oponerse a la luna o pasar por sobre el disco del sol interrumpiendo sus rayos y la difusión de su  luz? Y por otra parte, si es cierto que la luna brilla con su propio resplandor, ¿por qué no puede desfallecer en determinada parte del firmamento, mientras pasa por lugares hostiles a sus propias luces? (Traducción de Eduard Valentí Fiol, Editorial Bosch, 1976)

Solis item quoque defectus lunaeque latebras
pluribus e causis fieri tibi posse putandumst.
nam cur luna queat terram secludere solis
lumine et a terris altum caput obstruere ei,
obiciens caecum radiis ardentibus orbem,
tempore eodem aliut facere id non posse putetur
corpus, quod cassum labatur lumine semper?
solque suos etiam dimittere languidus ignis
tempore cur certo nequeat recreareque lumen,
cum loca praeteriit flammis infesta per auras,
quae faciunt ignis interstingui atque perire?
et cur terra queat lunam spoliare vicissim
lumine et oppressum solem super ipsa tenere,
menstrua dum rigidas coni perlabitur umbras,
tempore eodem aliud nequeat succurrere lunae
corpus vel supra solis perlabier orbem,
quod radios inter rumpat lumenque profusum?
et tamen ipsa suo si fulget luna nitore,
cur nequeat certa mundi languescere parte,
dum loca luminibus propriis inimica per exit?
menstrua dum rigidas coni perlabitur umbras.

Una idea parecida es la que Diógenes Laercio adjudica al filósofo Leucipo en Vida y opiniones de los Filósofos ilustres, IX, 33

“…El Sol se eclipsa raras veces, la luna constantemente, por ser desiguales sus órbitas. Y así como hay nacimientos del mundo, hay también crecimientos y menguas y destrucciones, según cierta necesidad; pero en qué consiste ésta, no lo aclara”.

Es curiosa la opinión de Manilio, poeta astronómico,  cuando afirma que los astros pierden su fuerza con ocasión de los eclipses, en sus Astronómica, IV, vv 841-852:

La razón es clara porque, al sufrir eclipse la luna en algunos signos, privada de su hermano [Febo, el sol] y sumergida en las tinieblas de la noche, cuando la tierra, situada en medio, intercepta los rayos de Febo y Delia [la luna] no atrae la luz con la que brilla normalmente, también esos signos [zodiacales, vg. su eficacia] languidecen junto con su planeta [la luna] y, arqueándose al mismo tiempo y perdiendo su acostumbrado poder, lloran a Febe en sus exequias, como si estuviera en su funeral. La propia razón se pone de manifiesto en su nombre: los antiguos los llamaron signos “eclípticos”. Ahora bien, los signos sufren al mismo tiempo de dos en dos, y no los que son vecinos, sino los que brillan en lugares opuestos, al igual que la luna ve eclipsado su círculo solamente cuando no ve a Febo que corre en el signo opuesto. (Traducción de Francisco Calero y Mª José Echarte. Editorial Gredos)

causa patet, quod, Luna quibus defecit in astris
orba sui fratris noctisque immersa tenebris,
cum medius Phoebi radios intercipit orbis
nec trahit assuetum quo fulget Delia lumen,
haec quoque signa suo pariter cum sidere languent             
incurvata simul solitoque exempta vigori
et velut elatam Phoeben in funere lugent.
ipsa docet titulo se causa: ecliptica signa
dixere antiqui. pariter sed bina laborant,
nec vicina loco sed quae contraria fulgent,                
sicut Luna suo tum tantum deficit orbe
cum Phoebum adversis currentem non videt astris.

Naturalmente, algunos encontraron la explicación científica, que nos ofrecen con toda claridad: los eclipses se deben a la interposición de la luna o de la tierra entre el sol y el astro que se eclipsa.  Esta es la teoría dominante en la antigüedad y por tanto son muchos los autores que la exponen. Citaremos algunos:

Aristóteles se sirve de esta teoría para probar que los astros son esféricos, porque en la sombra que proyecta la tierra sobre la luna se aprecia esa forma; en su "Acerca del cielo",  De caelo, II,11, 291b24:

Por otra parte los argumentos astronómicos dan una confirmación adicional; porqueninguna otra hipótesis explica la forma de disco creciente de los eclipses de sol. Por consiguiente, si uno de los astros cualquiera es esférico, es necesario evidentemente que los restantes astros lo sean.

También.Gémino (s. I a.C.), en su Introducción a los Fenómenos (de Arato), en el capítulo X nos hbla de los eclipses de sol y en el XI de los de luna:

Gémino, Introducción a los Fenómenos, X, XI:

X
Los eclipses de Sol tienen lugar por la interposición de la Luna. Pues al circular el Sol más alto y la Luna más baja, cuando el Sol y la Luna se hallan en el mismo grado, la Luna al pasar por debajo del Sol se interpone a los rayos del Sol que vienen en nuestra dirección. Por eso no hay que llamarlos propiamente eclipses, sino interposiciones. En efecto, nunca se eclipsa una sola parte del Sol;  se torna invisible para nosotros gracias a la interposición de la Luna.
….
De que el Sol se eclipsa por interposición de la Luna, es la mayor prueba el hecho de que los eclipses no tienen lugar en otro día, sino en el 30 exclusivamente, cuando la Luna está en conjunción con el Sol,  y que desde entonces la magnitud de los eclipses está en razón de los lugares geográficos.
……….
XI
Los eclipses de Luna están provocados por la incidencia de la Luna en la sombra proyectada por la Tierra. Lo mismo que los restantes  cuerpos iluminados por el Sol proyectan sombras, así también la Tierra, iluminada por el Sol, proyecta una sombra. Además sucede que, a causa de la dimensión de la Tierra, la sombra es manifiesta y profunda.
Cuando la Luna se halla diametralmente opuesta al Sol, entonces la sombra proyectada por la Tierra es también diametralmente opuesta al Sol; por lo cual la Luna, al circular a una distancia inferior que la sombra, incide, lógicamente, en la sombra proyectada por la Tierra. La parte de la Luna que incide en la sombra de la Tierra queda siempre privada de la luz del Sol a causa de la interposición de la Tierra; pues en este momento se encuentran en la misma recta el Sol, la Tierra, la sombra de la Tierra y la Luna. Por esta causa, los eclipses de Luna no tienen lugar en otro día, sino en el plenilunio; pues entonces la Luna está diametralmente opuesta al Sol.
(Traducción de Esteban Calderón Dorda.Editorial Gredos).

Higino , (64 a.C.-17 d.C.) hispano latino que según Luis Vives nació en Valencia*  y  que ha dado su nombre a uno de los cráteres lunares, también propone esta teoría en su De Astronomía, IV, 14, 3:

* Nota: Luis  Vives no dice exactamente que naciera en Valencia sino que le llama "conterraneus", es decir, "paisano"; dada la precisión con la que Vives utiliza el latín se puede interpretar razonablemente que con "conterraneus" no se refiere tanto a "hispano" cuanto a "valenciano".

También se puede comprender lo que sucede. Así como si alguien acerca su mano plana hacia sus ojos, cuanto más la acerca, tanto menos podrá ver y cuanto más lejos la aparte de él, tanto más se le podrán aparecer todas las cosas, del mismo modo cuando la luna llega a la posición del sol, entonces parece que está cerca de él y que obstruye sus rayos, de tal forma que no puede expulsar su luz. Sin embargo, cuando la luna está lejos de ese lugar, entonces el sol proyecta su luz, y así viene a dar en nuestros cuerpos.

El eclipse de luna, pues, tiene lugar cuando la luna esta cerca por su dimensión y el sol se marcha por debajo de la tierra. De este modo, si trazaras una línea recta  por mitad de la tierra, podría tocar el sol bajo la tierra y la luna por encima de la tierra. Cuando esto ocurre así, necesariamente  los rayos del sol, por la magnitud de la tierra, son desviados, de tal modo que su luz, con la que luce la luna, no pueda llegar a ella, y así se cree que se produce el eclipse de luna.

Quod evenire sic etiam potest intellegi. Ut si quis alicui manum planam ad oculos admoverit, quanto magis sic fecerit, hoc minus ille videre poterit; et quanto longius ab eo discesserit, hoc magis illi omnia poterunt apparere. Simili ratione cum luna ad solis locum pervenit, tunc proxima eius videtur esse et radios eius obturare, ut lumen eicere non possit. Cum autem luna ab eo loco discesserit, tunc sol lumen eicit, et ita ad corpora nostra adicit.

Lunae autem eclipsis sic evenit, cum prope dimensione sit luna, cum abierit sol sub terram, dumtaxat hoc modo, ut per mediam terram si quid directum traieceris, contingere possit solem sub terra, lunam autem supra terram; quod cum ita evenit, necesse est solis radios propter magnitudinem terrae ita esse dimissos, ut lumen eius, quo luna lucet, non possit ad eam pervenire, et ita existimatur fieri eclipsis lunae.

También Plinio el Viejo (62-113 d.C.), en su Historia natural, II, 7, 47 nos da esta explicación:

Efectivamente, es cierto que el sol se eclipsa por la interposición de la luna, la luna por la intercalación de la tierra, y ambos eclipses son equivalentes, ya que con su respectiva interposición la luna quita a la tierra (y la tierra a la luna) los mismos rayos de sol; también, que al introducirse la luna, se originan inmediatamente las tinieblas, y a su vez, el tal astro se oscurece por la sombra de la tierra, asimismo, que la noche no es otra cosa que la sombra de la tierra, pues la forma de la sombra es similar a un cono o a una peonza con el pico hacia arriba, porque cae sobre la luna exclusivamente por su punta y no excede su altura, siendo así que ningún otro astro se oscurece del mismo modo y que una figura como ésa siempre termina en punta.

Quippe manifestum est solem interuentu lunae occultari lunamque terrae obiectu ac uices reddi, eosdem solis radios luna interpositu suo auferente terrae terraque lunae. Hac subeunte repentinas obduci tenebras rursumque illius umbra sidus hebetari. Neque aliud esse noctem quam terrae umbram, figuram autem umbrae similem metae ac turbini inuerso, quando mucrone tantum ingruat neque lunae excedat altitudinem, quoniam nullum aliud sidus eodem modo obscuretur et talis figura semper mucrone deficiat.

Los antiguos fueron conscientes del peligro que entrañaba observar directamente los eclipses de sol, que puede producir ceguera irreversible. Así Platón (ca. 427-347 a.C.) en su diálogo Fedón, 99d nos dice:

SÓCRATES: ….¿Quieres que te exponga, Cebes, la segunda navegación que en busca de la causa he realizado?
-Lo deseo extraordinariamente-respondió
-Pues bien-dijo Sócrates-; después de esto, y una vez que me había cansado de investigar las cosas, creí que debía prevenirme de que no me ocurriera lo que les pasa a los que contemplan y examinan el sol durante un eclipse. En efecto, hay algunos que pierden la vista si no contemplan la imagen del astro en el agua o en algún otro objeto similar. Tal fue, más o menos, lo que yo pensé, y se apoderó de mí el temor de quedarme completamente ciego de alma si miraba a las cosas con los ojos y pretendía alcanzarlas con cada uno de los sentidos.
(Traducción de Luis Gil).

También Séneca nos recuerda cómo hemos de observar el eclipse de sol:

Cuando queremos observar un eclipse de sol, colocamos recipientes que llenamos  de aceite o de pez, porque un líquido espeso se agita menos fácilmente y por lo tanto retiene  las imágenes que recibe, pues las imágenes no pueden reflejarse sino en un líquido inmóvil. Entonces solemos observar cómo la luna se opone al sol y cómo él se esconde tanto más cuanto es el cuerpo interpuesto, unas veces en parte si ocurre que se opone solamente en un lado y otras veces por completo; se llama eclipse total  aquel que hace aparecer las estrellas e intercepta la luz, y tiene lugar cuando los dos centros   se encuentran en la misma línea recta.

[12,1] Quotiens defectionem solis uolumus deprehendere, ponimus pelues, quas aut oleo aut pice implemus, quia pinguis umor minus facile turbatur et ideo quas recipit imagines seruat; apparere autem imagines non possunt nisi in liquido et immoto. Tunc solemus notare, quemadmodum luna soli se opponat et illum tanto maiorem obiecto corpore abscondat, modo ex parte, si ita competit, ut in latus eius incurreret, modo totum; haec dicitur perfecta defectio, quae stellas quoque ostendit et intercipit lucem, tunc scilicet cum uterque orbis sub eodem libramento stetit.

Dicen que Tales fue el primero en predecir un eclipse que habría tenido lugar en el año 585 a.C. pero lo había anunciado un año antes. Los astrónomos actuales consideran esta predicción imposible y la noticia como fruto de una visión un tanto hagiográfica de Tales.

Nos lo cuenta Herodoto (ca. 639-ca. 547 a.C.) en el libro I de sus Historia, los reyes de Lidia y Media, aterrorizados por el mismo eclipse, firmaron un armisticio cuando ya sus ejércitos estaban listos para acometerse.Ambos monarcas interpretaron la oscuridad del sol como una señal del cielo para acabar con las hostilidades.

Heródoto, Historias, I, 74

De este principio, no queriendo despues Alyattes entregar los Escitas á pesar de las reclamaciones de Cyaxares, se originó entre Lydios y Medos una guerra que duró cinco años, en cuyo tiempo la victoria se declaró alternativamente por unos y otros. En las diferentes batallas que se dieron, hubo una nocturna en el año sexto de la guerra que ambas naciones proseguían con igual suceso, porque en medio de la batalla misma se les convirtió el dia repentinamente en noche; mutacion que Thales Milesio habia predicho á los Jonios, fijando el término de ella en aquel año mismo en que sucedió. Entónces Lydios y Medos, viendo el dia convertido en noche, no solo dejaron la batalla comenzada, sino que tanto los unos como los otros se apresuraron á poner fin á sus discordias con un tratado de paz. (Traducción de Bartolomé Pou [1727-1802])

Fue esta cuestión de la predictibilidad una cuestión que sin duda apasionó a los antiguos.
Al principio del artículo comentaba el hallazgo del famoso ciclo de “saros”, que los griegos tomaron de los babilonios,  y presentaba dos textos, de Plinio y Ptolomeo, para corroborar su conocimiento.
Plinio se refería a Hiparco (ca.190-120 a.C.) como el astrónomo que comprendió estos ciclos. Estrabón en su Geografía,I,1, 13 dice de Hiparco:

(12) Muchos han manifestado que el estudio de la geografía  requiere una gran variedad  de conocimientos;  Hiparco especialmente, en Crítica de la Geografía de Eratóstenes, hizo notar con toda razón "que nadie podrá adquirir el conocimiento de la ya sea como persona particular o como profesor erudito , sin un conocimiento preliminar de astronomía, y sin la práctica de las reglas del cálclo de los eclipses. Por ejemplo, ¿cómo se podrá  decir si la Alejandría de Egipto está más al norte o más al sur de Babilonia, y a qué distancia puede estar,  sin recurrir al método del clima (observar la latitud). Además, ¿cómo saber exactamente si tal país está más adelante hacia el oriente y tal otro hacia el occidente, si no es por la comparación de los eclipses de sol y de luna?  Así se explica Hiparco a este respecto.

Cicerón (106-43 a.C.) también dice que los eclipses (de luna) eran previstos con antelación  estudiando los movimientos regulares de la Luna en De divinatione II, 17

"¿Cómo se puede prever que  va a suceder algo que ni tiene causa alguna conocida ni se sabe por qué ha de ocurrir? Los eclipses del sol y también los de la luna se predijeron cen para muchos años por los hombres que persiguen los movimientos de los astros con las matemáticas, pues predicen cosas que la ley necesaria de la naturaleza tiene que ejecutar.

A partir del movimiento siempre constante de la luna ven cuándo ella, desde la región frente al sol, entra en la sombra de la tierra, que es el cono de la noche, para que necesariamente se oscurezca; cuándo la misma luna por debajo y opuesta al sol oculta su luz a nuestros ojos, en qué signo y en que momento se encontrara cada una de las estrellas errantes (los planetas); también en qué día tendrán lugar el orto y el ocaso de cada signo (del zodiaco, cada constelación). Ves ahora qué razonamiento siguen aquellos que predicen estas cosas.

[17] Qui potest provideri quicquam futurum esse, quod neque causam habet ullam neque notam, cur futurum sit? Solis defectiones itemque lunae praedicuntur in multos annos ab iis, qui siderum motus numeris persequuntur; ea praedicunt enim, quae naturae necessitas perfectura est. Vident ex constantissimo motu lunae, quando illa e regione solis facta incurrat in umbram terrae, quae est meta noctis, ut eam obscurari necesse sit, quandoque eadem luna subiecta atque opposita soli nostris oculis eius lumen obscuret, quo in signo quaeque errantium stellarum quoque tempore futura sit, qui exortus quoque die signi alicuius aut qui occasus futurus sit. Haec qui ante dicunt, quam rationem sequantur, vides.

El famoso artilugio mecánico conocido como mecanismo de Anticitera, datado en el 87 a.C.,  del que hablaremos en otra ocasión, es una especie de calculadora a base de engranajes para prever la posición del Sol, de la Luna y de algunos planetas. Permitía calcular el ciclo de “saros”, del que hablaba al principio y por tanto ayudaba a prever la existencia de los eclipses.

La determinación de estos ciclos como el de “saros”,  la observación milenaria de los movimientos, la creación de instrumentos para reproducir los movimientos de las estrellas, todo ello les proporcionó gran experiencia y les hizo caminar en la buena dirección ya desde Mesopotamia, sobre todo referido a los de luna; pero coinciden los expertos en afirmar que con los instrumentos de que disponían no podían fijar con anterioridad y con exactitud la aparición de un eclipse. Sólo muy recientemente se ha conseguido gran precisión al respecto.

En todo caso, la astronomía (astrología) gozó de un enorme reconocimiento en la Antigüedad. Ciertamente, los intentos de explicación de los astros y sus movimientos, las elucubraciones teóricas y prácticas, que incorporan y desarrollan el conocimiento de la matemática y  geometría, suponen un verdadero esfuerzo científico.

Plinio, a quien hemos citado varias veces, ensalza la ciencia y valentía de los hombres que intentan averiguar las causas de las cosas. En el pasaje citado anteriormente en el que se refiere a Sulpicio Galo antes de la batalla de Pidna, sigue comentando:

Plinio, Historia Natural II, 9 (12) (54)

“Hombres aquellos extraordinarios y sobrehumanos por haber comprendido la ley de tan importantes númenes y haber liberado por fin del miedo a la pobre mente humana que en los eclipses veía con temor crímenes o algún tipo de muerte de los astros (es notorio que en medio de este temor por el eclipse de sol sonaron las palabras sublimes de los vates Píndaro y Estesícoro) o bien el hombre mortal veía hechizos en el de la luna y por eso le ayudaba con un ruido desacompasado. Por este miedo, al desconocer la causa, Nicias, general de los atenienses, temiendo sacar la flota del puerto, perdió sus tropas.
¡Sed gloriosos por vuestra inteligencia, sabios que abarcáis el cielo y la naturaleza física, descubridores de la razón por la que os habéis impuesto a los hombres y a  los dioses!
¿Quién contemplando este espectáculo, así como los trances regulares de los astros (porque así se convino en llamarlos) no perdonaría que seamos mortales por una ley ineludible?

viri ingentes supraque mortalia, tantorum numinum lege deprehensa et misera hominum mente iam soluta, in defectibus scelera aut mortem aliquam siderum pavente — quo in metu fuisse Stesichori et Pindari vatum sublimia ora palam est deliquio solis — aut in luna veneficia arguente mortalitate et ob id crepitu dissono auxiliante — quo pavore ignarus causae Nicias Atheniensium imperator veritus classem portu educere opes eorum adflixit —: macte ingenio este, caeli interpretes rerumque naturae capaces, argumenti repertores,

 quo deos hominesque vicistis! quis enim haec cernens et statos siderum (quoniam ita appellare placuit) labores non suae necessitati mortales genitos ignoscat?

Nunc confessa de iisdem breviter atque capitulatim attingam ratione admodum necessariis locis strictimque reddita, nam neque instituti operis talis argumentatio est neque omnium rerum afferri posse causas minus mirum est quam constare in aliquis.

Ovidio también valora también el extraordinario valor de quienes estudiaron las estrellas en Fastos, I, 297 y ss.:

¿Quién nos impide hablar también de las estrellas, cómo sale y se pone cada una? Esto es parte de mi promesa. ¡Felices las almas que fueron las primeras en ocuparse de conocer esats cosas y ascender a las mansiones de arriba! Se puede creer que aquellos sacaron la cabeza por encima tanto de los vicios como de los lugares humanos. Ni Venus ni el vino, el deber del foro o las fatigas de las campañas, quebraron sus pechos sublimes. No les tentaron ni la ambición ligera ni la gloria revestida de oropel ni el ansia de grandes riquezas. Acercaron a nuestros ojos las lejanas estrellas y sometieron el firmamento a su genio. Así es como se alcanza el cielo, sin necesidad de que el Olimpo se lleve al Osa y la cima del Pelio toque las más altas estrellas. Nosotros también, bajo la guía de ellos, mediremos el cielo y asignaremos sus días a cada astro errante. (Traducción de Bartolomé Segura Ramos, Edit. Gredos)

Quis vetat et stellas, ut quaeque oriturque caditque,
dicere? promissi pars fuit ista mei.
felices animae, quibus haec cognoscere primis
inque domus superas scandere cura fuit!
credibile est illos pariter vitiisque locisque
300 altius humanis exeruisse caput.
non Venus et vinum sublimia pectora fregit
officiumque fori militiaeve labor;
nec levis ambitio perfusaque gloria fuco
magnarumque fames sollicitavit opum.
305 admovere oculis distantia sidera nostris
aetheraque ingenio supposuere suo.
sic petitur caelum: non ut ferat Ossan Olympus,
summaque Peliacus sidera tangat apex.
nos quoque sub ducibus caelum metabimur illis
310 ponemusque suos ad vaga signa dies.

En los textos clásicos hay numerosas referencias a eclipses realmente habidos. Según recojo del artículo “La explicación de los eclipses en la Antigüedad Grecolatina”, de los autores Roberto Casazza Alejandro Gangui de la Universidad de Buenos Aires que a su vez citan a Couderc, 1969: 128-134, se consideran históricos o descritos por fuentes históricas fiables a los siguientes:: eclipse del canon asirio (15 de junio del 763 a.C.); eclipse de Asurbanipal (27 de junio del 661 a.C.); eclipse de Arquíloco (6 de abril del 648 a.C.); eclipse de Tales (28 de mayo del 585 a.C. –hay densas discusiones sobre este eclipse–); eclipse de Píndaro (30 de abril del 463 a.C.); eclipse de Tucídides (3 de agosto del 431 a.C.); eclipse de Agatocles (15 de agosto del 310 a.C.); eclipse de Hiparco (20 de noviembre del 129 a.C.); eclipse de Flegón (24 de noviembre del 29 d.C.); eclipse de Plutarco (20 de marzo del 71 d.C.); eclipse de Teón (16 de junio del 364 d.C. –aquí también quedan dudas–). citado por Couderc, 1969: 128-134.

   
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