Biblioteca de Alejandría (y 6): La Biblia en griego de los Setenta
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Biblioteca de Alejandría (y 6): La Biblia en griego de los Setenta

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En la populosa ciudad de Alejandría existió una comunidad hebrea muy numerosa. Los judíos formaban ya numerosos grupos en todo el mundo griego, hasta el punto de que muchos de ellos apenas si entendían el arameo o el hebreo.

Los reyes grecomacedonios de Egipto, los Ptolomeos, que gobernaban desde Alejandría, mantuvieron buenas relaciones con la comunidad judía, muy influyente. Tuvieron mucha menos consideración con los egipcios autóctonos, que por cierto tampoco tenían buenas relaciones con los judíos.

Como decía, eran muchos los judíos grecoparlantes que cada vez entendían menos el hebreo, lengua religiosa por excelencia de los judíos y el arameo que era lo que se hablaba en Judea. Esto obligó a que se fueran traduciendo los libros religiosos judíos al griego.

Por otra parte es bien conocido el objetivo de la famosa biblioteca de Alejandría de coleccionar “todos” los libros de todas las lenguas existentes en el mundo. Así que al interés de los griegos por todos los libros del mundo, incluidos los hebreos, se unía el interés de los judíos por hacer  ver que sus leyes no eran incompatibles con el mundo helenístico.

Estas dos circunstancias conformaron el ambiente adecuado para que un judío interesado creara siglo y medio o dos siglos después de la creación de Alejandría una versión fantástica de la traducción del Pentateuco al griego.

Piénsese que el texto de un libro sagrado, transmitido de manera maravillosa por la divinidad, tiene un valor ritual en sí mismo y por lo tanto es reacio a ser traducido a cualquier otro idioma. Pues bien, en esta época aparece la famosa “Carta de Aristeas” que narra el proceso por el que se llevó a cabo esta traducción. Se trata de un documento muy probablemente del siglo II a.C., atribuido a un tal Aristeas, judío que se presenta como griego.

El objetivo es sin duda enaltecer la importancia de la comunidad judía en el mundo griego y  explicar por qué fue necesario traducir los libros sagrados judíos al griego. El documento, falso evidentemente, tuvo notable fortuna en su trasmisión en el mundo antiguo y medieval.

En síntesis nos cuenta cómo Ptolomeo II, por consejo de Demetrios de Falera, encarga a 72 hombres sabios,6 por cada una de las 12 tribus de Israel, ofrecido por el  Sumo Sacerdote de Jerusalén, Eleazar (en realidad parece empresa casi imposible encontrar 6 expertos por tribu para una traducción correcta al griego),   la primera traducción del Pentateuco al griego (probablemente existieron algunas traducciones anteriores de algunos textos judíos).  Los traductores fueron encerrados por parejas en 36 celdas aisladas. Emplearon exactamente 72 días y coincidieron absolutamente en los términos. Obsérvese cómo los 72 expertos se redondean y reducen a 70,cifra más acorde con la importancia del número 7 en la tradición semítica en general.

Nota: sin duda la importancia del número siete está en relación con el ciclo lunar y sus fases de siete días cada una precisamente.

Luego, esta traducción de los Setenta  (la Septuaginta) fue prontamente adoptad por los cristianos como propia.

Leamos alguno de los fragmentos más significativos de este relato fantástico del que un somero análisis de las propias contradicciones y anacronismos revela su falsedad, asunto que no analizo en esta ocasión:

[9] Encargado de la biblioteca del Rey, Demetrio de Fáleron, recibió grandes sumas de dinero, para reunir, de ser ello posible, todos los libros del orbe; y realizando compras y transcripciones, llevó a feliz término en el menor plazo que pudo la encomienda real. [10] Habiéndosele demandado, en mi presencia: «¿Cuántas decenas de millares de libros hay?», respondió: «Más de veinte, oh Rey; y me afano para completar en breve lo que falta para los quinientos mil. Por cierto, que se me ha anunciado además que las leyes de los judíos son dignas de transcripción y de hallarse en tu biblioteca». [11] «¿Qué es lo que te impide —dijo el Rey— realizar esta tarea, puesto que se te ha provisto de todo lo necesario?». Demetrio dijo: «Se necesita una traducción: en Judea se sirven de sus propios caracteres; tienen, del mismo modo que los egipcios, tanto una escritura como una lengua propias. Corre la fama de que utilizan el siríaco;(8) pero no es cierto, se trata de algo distinto». El Rey, después que hubo recibido noticia puntual de todo, ordenó se escribiera al sumo sacerdote de los judíos, a fin de llevar a buen término el proyecto.
…..
He aquí la copia del informe: [29] «Al gran Rey, de parte de Demetrio. Según tu encargo, oh Rey, con respecto a los libros que faltan para completar la biblioteca, de qué modo han de ser reunidos y de la conveniente restauración de los que fueron maltratados por azares de fortuna, tras ocuparme, y no a la ligera, de tales asuntos, vengo en someter a tu consideración el informe siguiente. [30] Faltan, junto con otros pocos, los libros de la Ley de los judíos. Se hallan escritos en letras y lengua  hebreas, traducidos  a descuido y no como conviene, al parecer de los competentes; pues no han gozado del cuidado real. [31] Preciso es que también éstos se hallen junto a ti, en una versión cuidada, por ser Ley henchida de sabiduría y muy pura, como que es divina. Por ello se han abstenido escritores, poetas y la pléyade de historiadores de hacer memoria de los antedichos libros y de los hombres que por ellos se han regido: porque su doctrina es augusta y sagrada, como sostiene Hecateo de Abdera. [32] Si te parece bien, oh Rey, se escribirá al sumo sacerdote de Jerusalén para que nos envíe hombres de vida irreprochable, Ancianos avanzados en años, expertos en la materia de sus leyes, seis por cada tribu, a fin de que, examinando el acuerdo de la mayoría y adoptando una interpretación precisa, constituyamos con evidencia una versión digna del argumento y de tus intenciones. Que seas feliz en todo».

[35] «El Rey Ptolomeo al Sumo Sacerdote Eleazar, salud y alegría.
….
Queriendo hacer algo grato a ellos, a todos los judíos del orbe y a sus descendientes, hemos decidido traducir vuestra Ley, de la lengua que llamáis hebraica, al griego, a fin de que se halle también en nuestra biblioteca, con los otros libros reales. [39] Obrarías magnánimamente y de un modo digno de nuestra solicitud si eliges hombres de vida irreprochable, Ancianos expertos en la Ley, capaces de traducirla, seis por cada tribu, de modo que se descubra el acuerdo de la mayoría, visto que la investigación versa sobre algo de altísima importancia. Pues pensamos que, cumplida esta tarea, nos reportará gran gloria.

[41] A esta carta respondió dignamente Eleazar lo siguiente: «Eleazar, Sumo Sacerdote, saluda al Rey Ptolomeo, su amigo de corazón. Salud a ti, a la reina Arsínoe, tu hermana, y a vuestros hijos.
….
[46] En presencia de todos escogimos hombres nobles, Ancianos, seis por cada tribu, a los que despachamos custodiando la Ley. Bien obrarás, oh Rey justo, tomando previsiones para que, una vez ejecutada la traducción de los libros, estos varones regresen a nosotros con seguridad. Salud».
…..
[121] Eleazar eligió a los mejores varones, y por su cultura excelentes, como nacidos de padres prestigiosos, en posesión no sólo de las letras judías; antes bien, se habían dedicado, asimismo, y no a la ligera, a la instrucción helénica;
….
[301] Después de tres días, Demetrio los tomó consigo, y tras recorrer el dique de mar de siete estadios hasta la isla [de Faros], cruzó el puente y, avanzando hacia la parte norte, les congregó en una mansión bien dispuesta junto a la playa, de gran belleza, e inmersa en una paz profunda; y les exhortó a llevar a término la traducción, pues que estaban bien provistos de todo lo que precisaran. [302] Y la ejecutaron, poniéndose de acuerdo mediante confrontaciones entre ellos acerca de cada punto; el resultado quedaba fijado oportunamente por escrito, a cargo de Demetrio. [303] Hasta la hora nona se prolongaba la sesión; después se separaban para dedicarse a los cuidados del cuerpo, facilitándoseles con espléndida provisión cuanto pudieran desear.
……
[307] Tal como lo he dicho, cada día, congregados en este lugar, que hacían tan deleitoso la calma y luminosidad, llevaban a cabo la tarea fijada. Y acaeció que la traducción fue completada en setenta y dos días, como si hubiese sucedido por una suerte de premeditación. [308] Cuando se llegó al cumplimiento, reunió Demetrio a la comunidad de los judíos  en aquel lugar donde la traducción había sido realizada, y se la leyó a todos, en presencia de los Traductores, que se granjearon una recepción magnífica también por parte del pueblo, como responsables de magníficos bienes. [309] Tal acogieron a Demetrio también, exhortándole a entregar a los rectores de su comunidad una copia de toda la Ley. [310] Después de leídos los rollos, en pie los sacerdotes y los Ancianos de los Traductores y los rectores del común proclamaron: «Puesto que ha sido traducida hermosamente y con piedad, y con exactitud plena, bien está que permanezca como ella es y que no se produzca la menor alteración». [311] Todos aclamaron tales dichos y les exhortaron a lanzar una maldición, según es usanza entre ellos, contra cualquiera que alterase, añadiendo, modificando o suprimiendo, el tenor de lo escrito; bien obraron, a fin de que fuera preservado incólume perpetuamente.
[312] Comunicadas al Rey estas nuevas, se alegró grandemente; pues reputó que la intención que había tenido se había realizado a satisfacción. Una vez que todo le fue leído, admiró en extremo la sabiduría del legislador y preguntó a Demetrio: «¿Cómo es que, con una perfección semejante, acaeció que jamás ningún historiador o poeta hiciera de ella memoria?». [313] Aquél le dijo: «Porque la Ley es sagrada y de Dios procede; algunos que lo intentaron, heridos por la mano de Dios, renunciaron al intento». [314] Y le dijo haber oído contar a Teopompo  que cuando estaba a punto de insertar en sus Historias ciertos pasajes traducidos de la Ley de un modo asaz imprudente, sufrió una perturbación de la mente durante más de treinta días; en una tregua imploró a Dios que le revelara cuál era la causa de su infortunio. [315] Habiéndosele manifestado en sueños que el haber querido insensatamente comunicar las cosas divinas a los profanos, renunció a ello y recobró la salud. [316] «Y del propio Teodecto, el poeta trágico, he escuchado yo mismo que, en el punto de introducir algo de la Biblia  en un drama suyo, sus ojos sufrieron un glaucoma; como sospechase que por esta razón le sobrevino la desgracia, invocando a Dios se curó, al cabo de muchos días».

Es muy interesante la versión del obispo Epifanio(circa 310-403), básicamente coincidente, con alguna aportación, que evito reproducir en su integridad. Quien tenga interés puede localizar el texto de Epifanio en la red, si bien en inglés; no conozco versión al castellano. Puede encontrarlo por ejemplo en http://www.tertullian.org/fathers/epiphanius_weights_03_text.htm#C2

Epifanio de Salamis o de Salamina:  De mensuris et ponderibus, 9:

  …Y los primeros traductores  de 80 de las divinas Escrituras del hebreo al griego eran setenta y dos hombres en número , los que hicieron la primera traducción en los días de Ptolomeo Filadelfo . Ellos fueron escogidos de las doce tribus de Israel, seis hombres de cada tribu , como Aristeas ha transmitido en su work.81 Y sus nombres son los siguientes: 82 en primer lugar, de la tribu de Rubén, Josefo , Ezequías , Zacarías , Johanán , …
Estos son los nombres , como ya hemos dicho, de las setenta y dos traductores .

Y sigue con el relato…

Tambén Flavio Josefo, el historiador judío que escribió en griego, cuya obra conservaron los romanos, también cuenta tan interesante cuestión en sus Antiguedades Judias, Lib. 12, 2, 1 ss:

“Alejandro reinó durante doce años, y después de  él Ptolomeo Sóter durante  cuarenta. Después  subió  al trono de Egipto Filadelfo, que reinó durante treinta y nueve años; éste mandó  traducir la ley judía y liberó  de la esclavitud a ciento veinte mil  judíos.
Demetrio de Faleras, director  de la biblioteca del rey, pretendía  reunir todos los libros del mundo si era posible, comprando todos los escritos que fueran famosos o fueran dignos de estudio o de interés; imitaba  en esto  al propio rey que era también muy aficionado a los libros.
Un día le preguntó Ptolomeo cuántos miles de libros había reunido ya; le respondió que tenía ya cerca de doscientos mil, y  que dentro de poco llegaría a los quinientos mil. Añadió que se le había informado que  los judíos tenían  varios libros con sus leyes dignos de estudio y de la biblioteca regia; pero que  estaban  escritos con unas letras e idioma propios de ellos y que supondría un gran esfuerzo su traducción al griego”.

Y sigue relatándonos el episodio de Aristeas, que evito al lector por estar básicamente narrado ya.

Esta apología y encomio de la milagrosa y fantástica traducción  fue compartida por los primeros padres cristianos que la encontraron compatible con la tradición cristiana y es el asunto central cuando hablan de la Biblioteca de Alejandría y de los libros en general..

Así además de los citados, Tertuliano en Apologético, 18,5:

“El más erudito de los Ptolomeos, a quien llaman Filadelfo, expertísimo en todo tipo de literatura, creo que competía  con Pisístrato en la afición a las bibliotecas, entre otros  documentos históricos, cuya antigüedad o algún interés curioso  exigía su conservación,  por consejo de Demetrio de Falero,  el más considerado de los gramáticos de entonces,  al que había encargado la dirección (de la biblioteca), solicitó libros también a los judíos, que ellos solos tenían en sus propias y antiguas letras”.

(y sigue comentando el párrafo de la Carta de Aristeas).

[5] Ptolemaeorum eruditissimus, quem Philadelphum supernominant, et omnis litteraturae sagacissimus, cum studio bibliothecarum Pisistratum, opinor, aemularetur, inter cetera memoriarum, quibus aut vetustas aut curiositas aliqua ad famam patrocinabatur, ex suggestu Demetri<i> Phalerei, grammaticorum tunc probatissimi, cui praefecturam mandaverat, libros a Iudaeis quoque postulavit, proprias atque vernaculas litteras, quas soli habebant

Pero San Jerónimo, que traduce directamente del hebreo que conoce,  es crítico con la versión de los LXX y así, por ejemplo, en la carta XXXIV (a Marcela) rechaza la traducción que los LXX hacen de "Pan de aflicción"  por l "Pan de los ídolos", así como otros casos.

Naturalmente, la científica Filología choca con la intransigente permanencia de los “textos sagrados”, a fin de cuentas obra de hombres.

Un resumen tardío de todo ello lo encontramos en San Isidoro en sus Etimologías, VI, 3 y 4:, capítulos titulados  De bibliothecisDe interpretibus respectivamente:

Libro VI. Sobre las bibliotecas, 3, 5

Luego Alejandro Magno y sus sucesores se aplicaron  con toda  su alma  en dotar a las bibliotecas de todos los libros. Sobre todo  Ptolomeo, de sobrenombre Filadelfo, el mejor conocedor de toda la literatura, tratando de emular a Pisístrato en su afición por las bibliotecas, dotó a su biblioteca no sólo de los escritos de los gentiles, sino también de las Sagradas Escrituras. Así pues, en su época se encontraban en Alejandría setenta mil libros.

Lib. VI, cap. 3, 5: (De bibliothecis)
Dehinc magnus Alexander, vel succesores eius instruendis ómnium librorum bibliothecis animam intenderunt, maxime Ptolomeus cognomento Philadelphus omnis litteraturae sagacissimus, cum studio bibliothecarum Pisistratum aemularetur, non solum gentium scripturas, sed etiam et divinas literas in bibliothecam suam contulit. Nam septuaginta milia librorum huius temproibus Alexandriae inventa sunt.

Libro VI, cap. 4, 1-5  Sobre los intérpretes

1. Este (Ptolomeo Filadelfo) pidió también al sagrado pontífice Eleazar las escrituras del Antiguo Testamento y se ocupó de que se tradujeran de la lengua hebrea a la griega por obra de setenta intérpretes, y las guardó en la biblioteca alejandrina.
2. Pues bien, separados de uno en uno en celdas individuales, interpretaron por obra del Espíritu Santo todos los textos de tal manera que no se encontró en el cuaderno de ninguno de ellos algo que no estuviera en los otros o discrepara incluso en el orden de las palabras.
3. Hubo también otros intérpretes que tradujeron de lalengua Hebrea a la griega las Sagradas Escrituras , como  Aquila, Símmaco y Teodoción; asi como también  existe aquella  traducción Vulgar (en lengua vulgar, en latín), cuyo autor no se conoce, y que por esto, se le llama Quinta Edición, sin nombre  de intérprete.
4. Además, Orígenes, en un trabajo admirable, realizó una sexta y una séptima edición, que comparó  con las otras ediciones.
5. También el presbítero Jerónimo, experto en las tres lenguas, tradujo del hebreo a la lengua latina  esas mismas Escrituras y las trasladó con gran perfección. Con todo merecimiento se antepone la  traducción de este intérprete a las demás, porque es no sólo la  más precisa  en las palabras, sino también la más clara en la comprensión de  las frases.

Cap. 4 (De interpretibus).:

1. Hic etiam ab Eleazaro sacro pontífice petens scripturas veteris testamenti, in Graecam vocem ex Hebraica lingua per septuaginta interpretes transferre curavit, quas in Alexandrina biblioteca habuit.
2. Siquidem singuli in singulis cellis separati ita omnia per Spiritum sanctum interpretati sunt, ut nihil in alicuius eorum codice inventum esset, quod in ceteris vel in verborum ordine discreparet.
3. Fuerunt et alii interpretes, qui ex Hebraica lingua in Graecam sacra eloquia transtulerunt, sicut Aquila, Symmachus et Theodotion, sicut etiam Vulgaris illa interpretation, cuius auctor non apparet et ob hoc sine nomine interpretis Quinta edition nuncupatur.
4. Praeterea sextam et septimam editionem Origenes miro labore reperit, et cum caeteris editionibus comparavit.
5.  Presbyter quoque Hieronymus trium linguarum peritus ex Hebraeo in Latinum eloquium easdem scrpturas convertit, eloquenterque transfudit. Cuis interpretati merito caeteris antgefertur. Nam est et verborum tenacior, et perspicuitate sententiae clarior.

En todo caso no todos los judíos celebraron la traducción del Pentateuco al griego. Algunos  consideraron poco adecuado, cuando no sacrílego, compartir el mensaje sagrado de una lengua sagrada con todos cuantos gentiles o judíos hablasen griego.

Filón de Alejandría (vivió aproximadamente del 15 a.C. al 50 d.C.),  cuenta cómo en su época se celebraba cada año en la isla de Faros una fiesta para conmemorar esta traducción. Pero no todos recordaban el hecho con la misma alegría; el Talmud lo recuerda como «día de ayuno y duelo, para expiar el pecado cometido al divulgar la Torah en la lengua de los Goyim (naciones extranjeras)»

Y en la crónica  “Megillat Ta'anit”  escrita en arameo, podemos leer:

“En el octavo (V), el siete de Tebet (diciembre-enero) se escribió la ley en griego en los días del rey Ptolomeo, y las tinieblas cayeron sobre el mundo durante tres días”.

Así que no deja de ser curioso que los judíos rechacen la traducción y sean los cristianos posteriores los que la acojan sin reservas.

Es evidente que la traducción expropiaba al Antiguo Testamento como propiedad exclusiva de los judíos a la vez que era la prueba evidente de la división de los judíos entre los que hablaban hebreo o arameo y los que sólo hablaban griego.

Los santos padres y escritores cristianos Justino, Ireneo de Lión, Clemente de Alejandría, Tertuliano, Julio el Africano, Eusebio, Hilario de Poitiers, Cirilo de Jerusalén, Ambrosio van preparando la leyenda que Epifanio, obispo de Salamina en Chipre  (310-403) construye por completo: la traducción es obra de la inspiración divina.

Luego, cuando Roma es omnipresente y casi omnipotente, la biblia hubo de ser traducida al latín y así lo hace San Jerónimo con la llamada “La Vulgata”  porque el latín es la lengua del vulgo, del pueblo, frente al griego, lengua erudita.

A su vez, de la Vulgata proceden otras muchas traducciones a lenguas europeas modernas, que tardaron en producirse por la razón antes aducida de la tendencia de los textos sagrados a su permanencia e inalterabilidad y a mantenerse como textos rituales que no han de estar al alcance de todos los mortales. Este es otro tema, pero recordemos el episodio referente a San Luis de León que sufrió persecución por traducir libros de la biblia o a Lutero, que la tradujo por primera vez al alemán para ponerla a disposición de los fieles y de paso reafirmar con un importante documento escrito la lengua alemana.
 

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