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NIHIL NOVUM SUB SOLE

1001 hechos, dichos, curiosidades y anécdotas del mundo antiguo

El hombre es un animal político (Zóon politikón, ζῷον πoλιτικόν)

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Hemos de ser políticamente correctos. ¿Pero qué quiere decir esta frase tan “manida” en estos tiempos? Se refiere sin duda a la actitud evidentemente hipócrita con la que las personas, especialmente las que desempeñan alguna función “política”, deben comportarse ante los ciudadanos, expresando tan sólo lo que sus oyentes quieren oír o al menos lo que no excite su oposición.

Curiosamente, la primera obligación de quien se exprese políticamente correcto es no defender ni valorar positivamente la propia actividad política, hoy absolutamente despreciada y devaluada en algunos países como España. Es cierto que la reciente historia ofrece múltiples motivos para esta desafección hacia la política.

Y sin embargo es una actividad noble, la más noble y absolutamente necesaria.

Yo sé que los dos textos de Aristóteles que reproduzco a continuación no modificarán la opinión de la mayoría de los lectores, a pesar de la enorme autoridad que Aristóteles ha tenido a lo largo de la Historia hasta hace bien pocos años. Hoy tampoco es “políticamente correcto” reconocer la “autoridad” científica, moral o política de nadie. Véase http://es.antiquitatem.com/gerusia-gerontocracia-roma-locuta

En fin, el objetivo de este blog es ayudar a conocer el mundo antiguo en su relación con el actual.

Aristóteles (384-322 a.C.) fue discípulo de Platón y profesor de Alejandro Magno. Fue el creador del primer gran sistema filosófico, precisamente del que más ha influido en la cultura occidental durante más de dos mil años. En ese sistema estudia el mundo físico (Física), el ser las causas de las cosas (Metafísica) y al propio hombre y su comportamiento (Etica).

Su obra más importante sobre el comportamiento del hombre es la llamada Etica Nicomáquea (Etica a Nicómaco, que era su hijo).

Comienza precisamente esta obra con la afirmación famosa de que “el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden”. Conviene, pues, averiguar cuál es el bien que el hombre persigue. Ese bien, que luego determinará que es la felicidad, la plenitud como hombre, la eudaímonía, nos dice que pertenece a la política, actividad directiva suprema:

Ética Nicomáquea, Libro I,2 (1094b):

En efecto (la política) es la que regula qué ciencias son necesarias en las ciudades y cuáles ha de aprender cada uno y hasta qué extremo. Vemos, además, que las facultades más estimadas le están subordinadas, como la estrategia, la economía, la retórica. Y puesto que la política se sirve de las demás ciencias y prescribe además qué se debe hacer y qué se debe evitar, el fin de ella incluirá los fines de las demás ciencias, de modo que constituirá el bien del hombre. Pues aunque sea el mismo el bien del individuo y el de la ciudad, es evidente que es mucho más grande y más perfecto alcanzar y salvaguardar el de la ciudad; porque procurar el bien de una persona es algo deseable, pero es más hermoso y divino conseguirlo para un pueblo y para ciudades. (Traducción de Julio Pallí Bonet, para Editorial Gredos)

En la Grecia de la época no había grandes Estados o imperios sino las llamadas “ciudades estado”, las polis, espacio político constituido por una ciudad de tamaño pequeño para los estándares actuales con su territorio adyacente.

Es muy difícil conocer los datos demográficos de la Antigüedad, pero en el caso de Atenas en su época clásica, siglos V-IV a.C., la extensión de la polis era aproximadamente de 2.500 kilómetros cuadrados y su población, en su mejor momento, dividida en 140 demos o comunidades locales podía ser de unos 300.000 habitantes, de los cuales tan sólo son ciudadanos con derechos plenos unos 45.000 (varones libres atenienses mayores de veintiún años) que con sus familias podían llegar a unas 150.000 personas;; metecos con sus familias (libres pero no ciudadanos) unos 40.000;  esclavos unos 110.000.

Según el propio Aristóteles en su Constitución de los Atenienses, fragmento 5:

Las tribus de Atenas eran cuatro, y de cada una de las tribus había tres partes, que llamaban tritias y fratrías, y cada una de estas tenia treinta linajes y cada linaje se componía de treinta hombres. (Traducción de M. García Valdés, para Editorial Gredos).

En la reforma de Clístenes las tribus aumentaron hasta diez, en una nueva distribución.

Si en ese contexto de población y espacio reducido la política es absolutamente necesaria para organizar la vida social, ¿cómo se puede despreciar hoy en nuestros países y estados con población multimillonaria?

La importancia que los griegos y en general los antiguos conceden a la vida política es la consecuencia de una idea generalizada, expresada magistralmente por el propio Aristóteles, para quien el “hombre es una animal social, un animal político”, es decir, el hombre está hecho para vivir en una polis, en una ciudad; el hombre solitario es un desgraciado. Esta es la famosa expresión ζῷον, zôion, «animal» y πoλιτικόν, politikón, (animal político, social, cívico).

Lo dice textualmente en esta misma obra Ética Nicomáquea, 1097b “…

"...puesto que el hombre es por naturaleza un ser social”,

pero lo había comentado extensamente en su Política I,2, 1253a:

“De todo esto es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza un animal social y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre. Como aquel a quien Homero (Iliada, IX,63) vitupera:

  sin tribu, sin ley, sin hogar porque el que es tal por naturaleza es también amante de la guerra, como una pieza aislada en el juego de las damas.

La razón por la cual es hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo superficial, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él solo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad.

Por naturaleza, pues, la ciudad es anterior a la casa y a cada uno de nosotros, porque el todo es necesariamente anterior a la parte. (Traducción de Manuela García Valdés para Editorial Gredos).

Por cierto que en el primer texto hemos leído que la “economía”,  como las restantes facultades ha de estar subordinada a la “política”. No es mal consejo en estos tiempos en los que todo se subordina a la economía y a la producción de ganancia dineraria.

   
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